Acaba de aparecer el décimo cuarto álbum de esta magnífica cantautora afincada en Nashville y, como no puede ser de otra forma, navega por los ritmos country folk. A Mary Chapin Carpenter la recordamos en aquella estupenda versión que hizo junto a Rosanne Cash y Shwan Colvin en Bob Dylan The 30th Aniversary Concert Celebration de la canción de The Byrds (digo de Bob Dylan) "You ain’t going nowhwere" que incluyeron en el imprescindible Sweet Heart of the Rodeo.
La Chapin Carpenter nos presenta una colección de canciones que nos transmiten la paz y la calma que parece haberse perdido en estos tiempos tan convulsos. Canciones que hablan del pasado, del presente y del futuro. El disco se abre con “Something tamed something wild” que junto con “Map of my heart” y “Livingston” son gemas dentro un magnifico álbum que nos va a servir para oxigenarnos y descansar del alboroto existencial que nos rodea.
De repente he recordado esta mañana, vaya usted a saber por qué, que un día muy lejano fui adolescente, y que en esa adolescencia mía y de muchos hubo un londinense que acariciaba nuestros oídos con canciones agradables, aparentemente simples, definitivamente eternas. Se hacía llamar entonces, porque hace ya muchos años que no se llama así, Cat Stevens. En realidad tampoco nació con ese nombre (en 1947 nadie ponía a su hijo como nombre "Gato", hoy no estoy muy seguro de que eso no suceda). Ese chico, de raíces griegas, tenía un nombre helénico que no me sé, y que quedó enterrado en la noche de los tiempos, en los 60, cuando empezó a grabar discos.
El álbum del crío con sombrero de copa y su gato es una obra que sigue poniendo los pelos de punta, ahora que ya nada es como era entonces. Con ese inicio suave, "The wind", premonitorio del camino que en pocos años llevaría al músico superventas a abandonar la música pop en beneficio de los rezos cantados de una religión que no era la suya cuando nació en el West End. Ahí están esos versos: "I swam in the Devil's lake / but never, never, never / I'll never make the same mistake". Una canción deliciosamente breve, en cualquier caso, que conduce plácidamente a otras del mismo calibre ("Rubylove", "If I laugh"), canciones personales siempre, que hablan del amor y del desamor, de la vida. "Changes IV", con su reconocible estilo sincopado, lleva casi hasta el final de la primera cara sin que nada haga sospechar lo que está por venir y que ya se anuncia con el último corte, ese espléndido "How can I tell you". El resto, cuando das vuelta al vinilo, ya es historia: "Tuesday's dead" para calentar motores, y una secuencia arrolladora: "Morning has broken", "Bitterblue", "Moonshadow" y "Peacetrain".
Curiosidades las hay: Que "Morning has broken", uno de sus grandes logros, tiene menos de él que lo acostumbrado: porque la letra no es suya y la melodía está tomada de una canción tradicional escocesa, y los arreglos son de Rick Wakeman. Que, aunque no se acreditó en el álbum, Wakeman está en la banqueta cuando se graba el tema. Que treinta años después Cat Stevens reparó la omisión y además le abonó las 10 libras esterlinas que en su día no se le pagaron por la discográfica por su contribución al álbum. Y que el también célebre "Moonshadow" evoca cuando siendo niño, de vacaciones en España, vio por primera vez su sombra a la luz de la luna, algo de lo que hasta entonces había sido privado por el alumbrado de la urbe.
Esta mañana he viajado en el tiempo a esos años en los que en las casas de todos nosotros, en uno u otro momento, sonaban las canciones de Cat Stevens.
De este disco escribió un crítico en su momento que era una buena noticia para los seguidores de The Band y de Bob Dylan pero no tanto para los de Clapton. Depende de qué Clapton hablemos, claro. Porque en 1976 ya llevaba algún tiempo olvidado de su etapa de "guitar hero", y con sus primeros tres álbumes en solitario se había ido instalando en un sonido tranquilo y elegante, con una banda sin protagonismos en la que no le importaba ceder los solos y quedarse con la rítmica.
Y para los amantes de ese Clapton, "No reason to cry" fue una buenísima noticia, un disco que te acoge en esa fiesta que parecen haber vivido en el estudio de The Band, el Shangri-La, y en el que participaron de un modo u otro todos ellos y un Dylan que pasaba por allí y puso su voz en un tema propio, "Sign language". Rick Danko comparte autoría y voces con Clapton en "All our past times", Danko y Richard Manuel ceden "Beautiful thing", y, por supuesto, todos ellos se mezclan con la gente ya habitual: Marcy Levy, Carl Radle, George Terry, Jamie Oldaker, Yvonne Elliman... y con Georgie Fame, Billy Preston y Ronnie Wood. ¿Qué podía salir de ahí? Es fácil, un disco que cuarenta años después suena cada día mejor.