A veces los mejores paisajes se ven a media luz. A veces encuentras páginas memorables en libros desconocidos. A veces en las colecciones de descartes hay canciones que te piden quedarse contigo. Esto sucede invariablemente y de modo copioso cuando hablamos de Dylan. Pero no solo con él, aunque es cierto que no es frecuente y que las canciones rescatadas suelen justificar con su existencia la razón de su propio nombre: descartes. No es así en el caso de este aluvión de canciones que apabulla en su sencillez y encandila con su discreta grandeza. Un perfecto oxímoron que rezuma belleza, que busca la eternidad en lo cotidiano, en la vida de unos músicos que nos invitan a visitar su trastienda, ese lugar en el que se alojan canciones que no conocimos o que fugazmente escuchamos en un concierto y ya nunca, o variaciones de otras que al más puro estilo dylaniano tienen otra vida y no lo sabíamos, o versiones luminosas de los libros de salmos de autores que ellos y nosotros amamos. Ese lugar, rebotica donde se formulan sueños, alcoba donde se sueñan, es "Almost Acoustic", el regalo de Bantastic Fand que llega suave y silencioso en el final del otoño, escondido en el sonido de los archivos digitales. No existe el vinilo, no existe el cedé, solo existe la música alojada en circuitos intangibles, tanto como los de nuestro cerebro o nuestra alma.
En este mundo que cada vez se parece menos a sí mismo, ese es el lugar al que ir, olvidar por un momento quién eres y qué te preocupa, escuchar con los ojos entornados el estallido leve del infinito en una nota o un silencio. Entonces sabrás que "Work Song" se cayó de su último disco solo para que la conocieras ahora, que sí estuviste de algún modo ese día en que cantaron "Behind That Locked Door" en Sevilla, que "Calling" no es la misma y sí lo es cuando se viste con medias voces, que el Mississippi pasa por Cartagena, que en "Every Grain of Sand" está siempre y también esta vez el secreto del universo. Sabrás eso y todavía más. Hay veinticuatro canciones que te están esperando.
No tiene fin Bob Dylan, como el
firmamento, y en él siempre queda una estrella que nunca habías visto, un
planeta escondido, una galaxia entera oculta tras el polvo estelar. Ha llegado
a finales de septiembre Springtime en New
York, la decimosexta entrega de las Bootleg
Series, sus colecciones de descartes, tomas alternativas o conciertos de
hace décadas. Llega en otoño, pues, y más de treinta años después la primavera
neoyorquina, centrada en los meses de abril y mayo de 1983, cuando grabó el
álbum Infidels. La deslumbrante
compilación contiene grabaciones datadas entre 1980 y 1985, un período en el
que Dylan desconcertó a sus seguidores con sus canciones de alabanzas al Señor,
salió de su etapa cristiana modernizando su sonido en Infidels y lo tiró todo por la borda al intentar sin éxito sumarse
a la más trivial música ochentera en Empire
Burlesque, un disco que es como echarle gaseosa a un buen vino. El paso del
tiempo ha permitido una mejor perspectiva de aquella época, y el período
cristiano, tan denostado en su momento, adquirió el merecido reconocimiento y
los laureles definitivos llegaron con la publicación en 2017 de The Bootleg Series Vol. 13: Trouble No More
(1979-81). De Infidels se intuía
que siendo un buen disco pudo haber sido mucho mejor, porque ya en 1991 The Bootleg Series Vols.1-3 (Rare &
Unreleased 1961-1991) avanzó que existían joyas desconocidas, entre ellas
la impresionante “Blind Willie McTell”. Sin embargo Empire Burlesque seguía arrumbado en su condición de experimento
fallido. Hasta ahora.
Una de las virtudes de esta
colección, en su formato de caja de 5 CD, es precisamente descubrir que Empire Burlesque pudo haber sido lo que
no fue, un excelente disco. Dylan grabó una lista de canciones que son
exactamente lo que en su día adivinábamos tras los aborrecibles arreglos:
grandes canciones que se echaron a perder cuando reclutó al productor Arthur
Baker con el expreso encargo de que las acercara al sonido imperante en los años
80. En las notas de esta edición Baker confirma lo que ya se contaba en el
libro Crónicas vol.1, que fue él
quien le pidió una canción acústica para cerrar el disco, y explica por qué: ante
todo era un fan suyo y el trabajo que había hecho para él suponía traicionarle,
necesitaba al menos un vislumbre del verdadero Dylan. Eso fue “Dark Eyes”, un
aliento de autenticidad en un disco de plástico barato. Por eso, descubrir qué
había en el origen compensa la espera: los premios principales son poder
escuchar “I Remember You” y “Emotionally Yours” con una hondura que los
almibarados retoques le hicieron perder; asistir a la gestación de “Tight
Connection to Your Heart” desde descartes de “Someone’s Got a Hold in My
Heart”; dejarse arrasar por la torrencial “New Danville Girl”, que no encontró
su sitio y se reencarnó un año después en “Brownsville Girl”; y debatirse sobre
cuál de las dos versiones de “When the Night Comes Falling from the Sky”, la
lenta o la rápida, hubiera sido la preferida para sustituir a la insustancial
toma que se alojó en Empire Burlesque.
Decía que esta es una de las
virtudes de Springtime en New York,
no la única. ¡Qué decir de las canciones descartadas de Infidels! Ya sabíamos que era un crimen que “Blind Willie McTell”
se hubiera quedado en el camino, pero admitíamos una explicación porque la versión
acústica que conocimos en 1991 encajaba difícilmente con el tono del disco. Pero
hoy, escuchando limpia y lustrosa la versión eléctrica que había circulado ya
en copias pirata, nada justifica que fuera sustituida por “Union Sundown”. La
impresión de que el resultado del disco habría mejorado con otras canciones
excluidas se refuerza con nuevas versiones de “Tell Me” y “Lord Protect My
Child”, distintas a las dadas a conocer en The
Bootleg Series Vols.1-3 (Rare & Unreleased 1961-1991), pero sobre todo
con la descomunal “Too Late”, una canción de la que es imposible desengancharse
en cualquiera de las dos tomas que se ofrecen y que en solo dos días se
transformó en “Foot of Pride”, igualmente descartada, que aquí aparece en una
versión deslumbrante. ¿Alguien quiere más de las sesiones de Infidels? Lo hay, por ejemplo dos tomas
bellísimas de “Don’t Fall Apart on Me Tonight”, planteamientos luminosos de “I
and I” y “Neighborhood Bully”, que suena más simpática que militante, sin dejar
de serlo, o un “Jokerman” a medio vestir, más dylaniano.Y “Death Is Not the End”, que nació aquí con
aromas de gospel antes de acabar años después en el álbum Down in the Groove.
Sigamos. Shot of Love es el menos cristiano de la trilogía que conforma con Slow Train Coming y Saved y el que tuvo una producción más errática. Ambas cosas quedan
de relieve con los cortes incluidos en Springtime
en New York, en el que versiones alternativas muy apreciables de “Angelina”
y “Lenny Bruce” comparten espacio con un buen número de descartes dignos de
disfrutar, entre ellos “Borrowed Time” o la inacabada “Don’t Ever Take Yourself
Away”, con aires caribeños que vienen desde Desire.Otro Shot
of Love, en definitiva, habría sido posible, ni mejor ni peor. Dylan tomó
un camino y unas opciones, y ahora conocemos otras, muy disfrutables. La caja
se completa con grabaciones de alta calidad de los ensayos en los estudios
Rundown, en Santa Mónica, que dan la oportunidad de saborear la complicidad de
los músicos, el sentido de la improvisación. Salvo un par de cortes, “Señor”, del
entonces reciente Street Legal, y “To
Ramona”, regreso a su etapa inicial, el resto son abordajes de canciones
ajenas, destinadas a los conciertos de la gira inminente, incluyendo reinterpretaciones
más que peculiares (“Fever” o “Sweet Caroline”).
Abunda Springtime en New York en canciones nunca publicadas oficialmente y
en escogidas versiones alternativas, escapando así de la abrumadora repetición
que ha caracterizado a otros volúmenes de la serie, como es el caso de The Bootleg Series Vol.12: The Cuttin’ Edge (1965-1966) o The
Bootleg Series Vol.14: More Blood, More Tracks. Pero sobre todo ofrece una
visión diferente al plantear la posibilidad de que algunos álbumes del período
1981-1985 pudieron haberse alejado mucho de lo que finalmente fueron. En este
sentido Springtime in New York aporta
mucho más que, por ejemplo, los volúmenes 10 (Another Self Portrait) y 13 (Travelin’
Thru 1967-69), o que el destacable esfuerzo arqueológico de The Bootleg Series Vol.11: The Basement
Tapes Complete, que derrochan riqueza pero sin separarse sustancialmente de
las obras de referencia. Dylan, ya lo sabemos, contiene multitudes, y cualquier
regreso a las infinitas partes de su pasado todavía por descubrir es motivo de
gozo. Él sigue adelante, como siempre, y ya anuncia su próxima gira,
presentando su disco de 2020, Rough and
Rowdy Ways, que arrancará en Milwaukee el próximo 2 de noviembre.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
23 de febrero, martes. Después de
tres semanas combatiendo el virus, tengo el alta médica desde hace unos días.
No sé si soy el mismo de antes o si volveré a serlo. Son casi las nueve de la
noche y suena el teléfono: es Juan Fortea y me dice que hay nuevo disco de Junior
Mackenzie a la vista. Esa llamada es un click en mi cerebro, un pasadizo que me
devuelve al pasado y lo une con el futuro. El presente, la nueva normalidad que
se han inventado los gobiernos, es un asco, un pozo en el que no queremos
vivir. Saber que ese disco existirá es para mí un fogonazo de ilusión. Junior Mackenzie
es uno de los elegidos, un mensajero que esparce felicidad. Es como Quinn the
Eskimo, ese individuo mítico que en la canción de Dylan deja un rastro de
alegría a su paso y cuyo nombre no puede ser ese, porque los esquimales se
llaman Inuk, Nanuk o cosas parecidas. Junior Mackenzie tampoco se llama así, su
nombre es Juan Fortea y nació en el Mediterráneo, aunque su música pantanosa y
embriagadora está más cerca de Louisiana que de Benicàssim. Mackenzie, o
Fortea, es un tipo que un día tocó con una guitarra prestada nada menos que por
Richard Hawley y, como él, es capaz de componer canciones en que la furia se hermana
con la belleza.
Me pide que le escriba una nota
de prensa, a mi manera, y le digo que sí. ¿Cómo decirle que no a este hombre
que se empeña en hacernos felices? En las semanas siguientes escucho las
grabaciones y hablamos alguna vez más del disco, de su sentido. En estos
tiempos confusos ha alumbrado en su casa, cerca del mar y el horizonte, una
obra en la que coexisten el espacio de soledad del que surge la creación y la
rabia de seguir viviendo ahora que –como él dice- estamos muertos. NOW THAT
WE ARE DEAD es un canto de esperanza que brota con aroma de góspel, se
retuerce en un bosque poblado de voces, texturas de cuerdas y sintetizadores y
guitarras que gimen luminosas en busca de una salida. Introspectivo en
“Unforgiven”, cinematográfico en “Key In The Sea”, onírico y terrenal a partes
iguales en “Loneliness”, afilado como el acero en “Don’t Become A Liar”,
epidérmico en la colaboración con Aurora García, vocalista de Aurora and The
Betrayers, en “Bird with No Feathers”. Cada uno de nosotros puede buscar y
encontrar en su escucha incontables matices, perderse en laberintos íntimos o dejarse
arrastrar por acelerones repentinos de música poderosa. Este es un disco de
orquestaciones brillantes que habla del mundo en que vivimos y de las heridas
del amor, que mide la intensidad para que la emoción simplemente se apunte pero
nunca se desborde. Sus canciones parecen no querer abandonarnos: con voz
distinta que sin embargo también es la suya acaricia en “Sunny Days” el
reinicio de una historia personal en la que cualquiera puede reconocerse. I try to smile most of the time. Es el último verso de un disco que
hace posible que volvamos a sonreír, que sintamos la electricidad que agita la
somnolencia de estos días sin brújula.
Estas son las cosas que escribí
para él uno de los últimos días del invierno, saltando entre las ruinas de
nuestro mundo. Ahora que el álbum llega por fin, con el otoño asomando tras las
nubes, es momento de volver a él, a ese conjunto de música maravillosa, al
temblor que me recorrió al escuchar estas canciones que meses después siento
como viejas amigas. Mientras tanto el planeta ha seguido girando, el sol sale
cada mañana, y Junior Mackenzie tomará de nuevo la carretera. Con el fiel
Mauricio Bedoya al bajo y el infatigable Ben Wirjo a la batería, con Pablo
Barrios que se hizo cargo de los teclados días antes de la reclusión forzada en
nuestras casas, y con una guitarrista vibrante, Lucía Zambudio, que no llegó a
tiempo de tocar en este disco. Juan Fortea nos está diciendo que la vida sigue,
renovándose, no importa que estemos muertos o vivos. Y vivos o muertos, vale la
pena escuchar a Junior Mackenzie.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
En 1993Bowiequiso felicitar la navidad a sus amigos regalándoles un disco en el que había reunido piezas instrumentales que abarcaban desde su período berlinés hasta “The Buddha of Suburbia”. Incluyó también la sinfonía quePhilip Glassgrabó a partir de “Low”. Tituló el disco “All Saints” y solo hizo 150 copias. Mucho antes de eso, en 1976, Bowie eraThomas Jerome Newton, un extraterrestre que vino a la Tierra, y que hacia el final de la película que cuenta su peripecia grabó un disco, “The Visitor”, música espectral que llegó a las tiendas en el celuloide pero que los mortales no llegamos a conocer en las tiendas reales. Solo existía en la ficción, y posiblemente también en la mente del genio, porque no tardaríamos en escuchar “Low” y se parecía mucho a lo que imaginábamos.
Ahora el músico valencianoRemi Carrerescierra el círculo, publicando un excelso disco de música instrumental de Bowie, con piezas del período que abarca de “Diamond Dogs”a “’Heroes’”. Y sí, lo titula“The Visitor”, y publica una edición en CD de tirada limitada, 100 ejemplares. Ni siquiera los 150 de “All Saints” pero, para los que no lo consigan, quedan las descargas digitales en su bandcamp, un formato en el que Bowie fue a su vez pionero. Hay mucho Bowie en las células de Remi Carreres. Y se nota en el modo de abordar esta colección de música, que es tan fiel a Bowie en el espíritu que le permite, valga la paradoja, alejarse de los originales en la forma. Lo descubres cuando la escucha se abre con “V-2 Schneider” y no están ahí ni el saxo ni la letanía ominosa sino un exultante disparo para llenar la pista de baile bajo luces estroboscópicas que yo imagino blancas. Esa misma fidelidad sembrada de traición la destiló el propio Bowie cuando en el año 2000, en Glastonbury, desnudó a “’Heroes’” de épica y lo vistió con sonidos danzarines. Solo cuando amas tanto a Bowie puedes hacer lo que ha hechoRemi Carreres, un músico que en el siglo pasado apareció en proyectos con nombres tan sospechosos como “Glamour” o “Comité Cisne”.
“The Visitor” no es un tributo ni un disco de versiones, es mucho más. Es tanto como revivir al auténtico Bowie haciendo que suene distinto. Remi Carreres nunca pierde de vista los originales pero se sale del camino cuando quiere, y “Warszawa” ya no es un velo tenebroso sino un agujero de metal, y se atreve a reconstruir “Future Legend” sin su espeluznante monólogo, a inocularnos elevadas dosis de inquietud y alienación con un tejido musical que es suyo sin dejar de ser Bowie. Puedes entretenerte en buscar las siete diferencias a lo largo del disco. Que si no está el saxo, que si no está la armónica de “A new career in a new town”, que si el bajo o la batería que no te esperabas aparecen en “Warszawa”, que si hay un sample de Kraftwerk… Pero nada de eso importa realmente si lo que quieres es sumergirte una vez más en el universo de Bowie (y en parte también deBrian Eno) y sentir que ese mundo de sensaciones es eterno y, como tal, se renueva constantemente.
Con una cinta de hilo negro amarra su pelo la gitana. Con cordel de
colores juntan los sevillanos de la motoreta los pentagramas y las visiones de
un mundo a pie de calle y rozando el cielo. Les dio por llamarlo kinkidelia,
una etiqueta divertida de la que nadie se acordará cuando aquí no quede nadie.
Pero de su música sí. Quien se haya adentrado por los pasadizos en que deshacen
acordes y versos contra paredes de luz no podrá olvidarlo. Se fundirá la última
neurona y su eco seguirá resonando, se hará leve el zumbido de los teclados y
las guitarras, la voz del Dandy arrastrará soles hacia la última oscuridad, la
frecuencia del bajo se adueñará del movimiento de los párpados. Estallido de
sueños perseguidos, lisergia de lo cotidiano, poesía que corre como el agua por
las baldosas. “Gitana” es una cumbre del rock que nace del barro del
Guadalquivir, rumor silencioso en el que el cantante es un medium, y una voz que
no es suya sino del misterio nos recuerda que todo está baldío: viene desde el
otro lado del espejo, expresando la misma convicción con que hace muchos años
Jesús de la Rosa cantaba que todo era de color. Los Derby Motoreta no son
Triana, pero hacen bueno lo que ellos nos dijeron, que el ayer no es el hoy
ni el mañana / que es tiempo pasado. Triana fueron hijos de su tiempo, que
era el del agobio y el dolor, y DMBK lo son de los tiempos de confusión que ciegan
nuestros pasos. Y del mismo modo en que aquellos lo hicieron entonces, mientras
García Pelayo, silencioso demiurgo, jugaba al ajedrez, los brujos kinkidélicos
también llenan de luminosas mañanas su tiempo, el nuestro. Hacen comparecer
sueños de fuego y pintan en el aire caminos en los que encuentras la luna de
los sultanes y las espirales de Clapton, Bruce y Baker. Golpean tu cerebro con
despertares y arrasan tus silencios con sonidos de danzas antiquísimas, tus
soledades con silencios de cadencias frágiles y explosiones de fulgor secreto.
Échate un ratito aquí con ellos… disfruta del vértigo dulce de “El valle”, de
la melodía que corta la navaja de un riff plateado en “Caño Cojo”, de la
siembra de sonidos que amamanta el bajo en “Porselana Teeth”, de las sombras
que se enredan en los brillos de cada canción, embriágate con ellas y despierta
al otro lado del túnel, con el hilo negro en tus bolsillos agujereados de luz.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
Las canciones de Paul Zinnard tienen el color de la cerveza que te
tomas en tu pub favorito, son la espuma que se te queda en los labios
en cada sorbo, la oscuridad del rincón donde te sientas ajeno a los
relojes. Son canciones que se alimentan de atardeceres y de noches y
te acompañan en el recuerdo cuando vuelve a amanecer. Son
hipnóticas. Siempre lo han sido. Hace años que en una grieta de un
sueño veo a John y a Claire, me muevo en círculos sin llegar a
despertarme y todavía sigo allí cuando ya es de día. Pero esa,
“John and Claire”, es una canción vieja, del disco “Clean-Cut
and Rude”, de 2014. Ahora hay un nuevo disco que gira y gira en mi
mente, “Trance”, y los primeros cuatro minutos me atraparon hace
ya una semana, y sé que no podré escapar. El piano que te golpea
suavemente, infatigable, repetitivo, el compás de la batería que te
ata a la canción, la voz inconfundible de Zinnard / Carlos Oliver
que te seduce paseando su fraseo por la historia, esa historia en la
que el sol se pone en cada estrofa. Cuatro minutos. Escucho una vez
más que no hay camino de vuelta a casa y la canción termina. Es
poco, tengo espuma en los labios, quiero beber otro sorbo de música.
Entonces, tras el silencio, como si Zinnard y la banda entera
hubieran adivinado mi orfandad, “Into Your Room” resurge del
lugar donde no existe el olvido. Dos minutos y medio más de
misericordia, de senderos con texturas jazzísticas, de voces que son
ecos y finales que son eternidad. Y la rendición a los pies de la
canción, el abandono sin condiciones, venga lo que venga. Lo que
viene es “I Was A Boy”, que te arrastra en el interior del mismo
remolino, y “I Wish I Could’ve Loved You More”, un océano de
aparente calma en el que se ocultan coros que salpican el estribillo
y te llevan a la juguetona insatisfacción de “Satisfaction”, al
abismo de otro tiempo que regresa en “Some Kind of Secret Love”,
una canción que suena como si la hubiéramos rescatado de los
tiempos en que Jagger no tenía arrugas, Dylan hacía piruetas sobre
un tripi y The Band estaban secando la tinta de su cancionero. Y un
intervalo, un vacío en el alma: “My Son”, con su aire de triste
balada, y ese verso a la vez tópico y hermoso (“with a suitcase in
their hands”) te hace asomarte a la ventana de una soledad que no
es la tuya. Podía acabar ahí el disco pero hay más, y sin embargo
¿para qué hablar, qué más pueden aportar las palabras? Si intento
evocar la desnuda autenticidad de “Now I Know” y el sol que
resplandece en el tránsito a cada estrofa, si quiero describir la
emoción que anida en el regreso a la infancia que es “Underneath
The Sun”, ¿realmente hace falta? Es mejor que no te quite más
tiempo, que escuches “Trance”, que entres en todas esas
canciones, y en “Lovers Go Mad” y “Upside Down”. Tal vez te
descubras visitando lugares parecidos a los que a mí me ha revelado,
o tal vez no. Déjate hipnotizar.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
Lentamente, como las mareas, llega hasta hoy un disco que tiene más de una década. Negro desde el primer momento, desde la breve intro de guitarra de "Back on the move". Estás muchas millas lejos de casa, a merced de solos calientes, música picante, bases rítmicas que nacen en la otra orilla del océano. El bajo funky de "I'll make you feel my love" no está ahí por casualidad, aunque sorprenda encontrarlo en un plato cocinado al sur del paralelo 38. Fernando Rubio se ubica en un espacio en el que confluyen las músicas con alma y donde su exquisito hacer como guitarrista abre ventanas y su voz se cuela por ellas. En "Tides", que da nombre al disco, es imposible separar la canción de la emoción que provoca escucharla, y belleza es más que un adjetivo. Rubio navega con naturalidad en cualquiera de los registros de la música negra, y "Tears falling" es un reggae dulce y evocador salpicado de luces que llegan de los coros y del trombón y la trompeta. "I'll do it again", con su guitarra espesa y con el colorido de Carlos Campoy en los teclados tiene el groove que hace volar al blues por los atardeceres. "Please don't spoil my day" es tan contagiosa que hace olvidar que la estás escuchando en casa y no en un concierto, y la coreas y la aplaudes cuando acaba. La marea te llega a las rodillas ya en el musculoso interludio instrumental, "Bad stuff", que conduce a una carretera abierta en la tierra inconquistable de los pantanos, en la que las canciones corren y puedes sentir la brisa refrescándote la piel. Hay ecos de The Band - cómo no llevar su música en las venas - en "The sun shines"; hay un fulgor de armónica que abre "What I've got" para que la voz de Fernando Rubio la lleve a favor del viento; hay gemidos de guitarra en "Driving me mad"; hay una armonía en "Could it be you?" en la que pervive el espíritu de los sesenta. Lentamente, como las mareas, las canciones vienen y se van, "Malaventura" se disuelve como una puesta de sol. Y "Tides" sigue ahí, sin envejecer.
Las canciones de este disco huelen a lluvia. El clima norteño crea un ecosistema de luz tibia que inunda las melodías, de gotas de lluvia que brillan en los punteos de guitarra, de piedra comida por la humedad en la que se reflejan las bases rítmicas. Las raíces de The Lodger están en el Yorkshire y definen su música, les acercan emocionalmente más a Glasgow que a Londres, aunque la distancia geográfica en millas desde Leeds a uno y otro punto pueda indicar otra cosa. Ben Siddall ha recuperado después de una década su proyecto y nada parece haber cambiado, siguen a su lado Joe Margetts al bajo y Bruce Renshaw a la batería, las canciones buscan el camino directo a tu corazón y una sensación de cómoda contemplación del paso del tiempo se instala en ti. Y ves la lluvia en los cristales de tu memoria. Suena, por ejemplo, "There is something in my eye".
El cuarto álbum de The Lodger desde 2007 te lleva en media hora a lugares que conocías, al torrente exquisito que nos llega desde hace tiempo de las tierras en las que el cielo es gris y la música salpica a su alrededor colores suaves. Es imposible no sentir alegría al escuchar la secuencia perfecta con la que arranca el disco, canciones extraídas del lado luminoso de la calle, como "Black and white (Pete's theme) y la gozosa "Dual lives". Exquisito y preciosista, concebido en un mundo que a principios de 2020 no adivinaba la tragedia y pulido en los días de encierro y aislamiento que siguieron, Cul-de-Sac of love nos devuelve a una época anterior, esa que sigue viva en nosotros y nos hace mirar hacia afuera cada mañana.
En tiempos de incertidumbre la receta es soñar. Chus
González lo sabe, nunca se debe renunciar a los sueños. Por difícil que sea
levantarse y pensar que todo va bien, por mucho que la realidad se nos imponga.
“Goals and Illusions”, el tercer disco de Copernicus Dreams, la banda que
lidera, es una obra radiante porque mira al futuro sin ponerse la venda en los
ojos del presente, sin dejar de añorar los días que se fueron y no volverán.
Son diez canciones cargadas de emoción y de luz, pero eso no es una novedad en
ellos, una banda que publicó su primer álbum, de significativo título: “Sunrise”,
cuando uno de sus fundadores, el bajista Luis Ruiz, acababa de fallecer. Una
banda que en su segundo disco, el magnífico “The Honeymoon”, incluyó dos
canciones nupciales, algo que quizá solo Bowie se había atrevido a hacer. Una
banda que no le pierde la cara al destino y no abandona la ilusión. Es
suficiente escuchar las primeras notas de la canción que abre el disco y le da
nombre para confirmar que estamos ante un disco vitalista, en la línea de los
dos anteriores. Musicalmente nada parece haber cambiado, a pesar de que la
banda ha experimentado algunos cambios: nuevo guitarrista (Carlos Moreno),
nuevo baterista (José Ochoa). Pero Chus González (voz y guitarras) y Pablo Gil
Prada (teclados) guardan el sonido de la formación original, madurado en
barrica. Maki Soto, bajista y segunda voz, es parte de esa madurez, y hay que
escuchar el sutil relieve de sus coros en cada uno de los momentos en que
aparecen, su voz redonda en “Matter of Time”.
Este es un
disco que revela un propósito, una voluntad de seguir adelante. ¿Dónde han ido
a parar los viejos buenos tiempos? La pregunta se repite en la canción “Old
Days”, y la música se antoja el recurso definitivo cuando la nostalgia acecha y
el futuro perseguido nunca está cerca. ¿Tenemos que pagar por tocar?, dicen en
“This Old Guitar”. Quienes hacen música al margen del circuito indie amamantado
con biberones y subvenciones lo tienen difícil. Y duele escucharlo aunque lo
sepamos de sobra. La resistencia tiene un límite, pero el sueño de Copérnico
está vigente con ellos, bajo las estrellas, noche tras noche, como cantan en
“Tonight The Stars”. Ese sueño ha hecho posible encuentros irrepetibles, como
el que gestó Joserra Rodrigo en Frías en 2016, homenaje a The Band y a The Last
Waltz. A él le dedican “Rocking The Rock”, canción en la que aparece por primera vez al
piano Jesús Ortiz de Zárate (Nacha Pop). En “Heartless Trouble” se suma de
nuevo, junto a la violinista Clara Junguitu, para que Copernicus Dreams nos
regalen una joya de optimismo en días oscuros, un aviso para no hundirnos en la
zozobra. “Goals and Illusions” es un disco hermoso, construido con melodías en
las que las guitarras destellan y los teclados trenzan hilos de ensoñaciones.
El diseño de portada, del cántabro Maichak Tamanaco, es un paso más hacia la
estratosfera.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)