Me pide que le escriba una nota
de prensa, a mi manera, y le digo que sí. ¿Cómo decirle que no a este hombre
que se empeña en hacernos felices? En las semanas siguientes escucho las
grabaciones y hablamos alguna vez más del disco, de su sentido. En estos
tiempos confusos ha alumbrado en su casa, cerca del mar y el horizonte, una
obra en la que coexisten el espacio de soledad del que surge la creación y la
rabia de seguir viviendo ahora que –como él dice- estamos muertos. NOW THAT
WE ARE DEAD es un canto de esperanza que brota con aroma de góspel, se
retuerce en un bosque poblado de voces, texturas de cuerdas y sintetizadores y
guitarras que gimen luminosas en busca de una salida. Introspectivo en
“Unforgiven”, cinematográfico en “Key In The Sea”, onírico y terrenal a partes
iguales en “Loneliness”, afilado como el acero en “Don’t Become A Liar”,
epidérmico en la colaboración con Aurora García, vocalista de Aurora and The
Betrayers, en “Bird with No Feathers”. Cada uno de nosotros puede buscar y
encontrar en su escucha incontables matices, perderse en laberintos íntimos o dejarse
arrastrar por acelerones repentinos de música poderosa. Este es un disco de
orquestaciones brillantes que habla del mundo en que vivimos y de las heridas
del amor, que mide la intensidad para que la emoción simplemente se apunte pero
nunca se desborde. Sus canciones parecen no querer abandonarnos: con voz
distinta que sin embargo también es la suya acaricia en “Sunny Days” el
reinicio de una historia personal en la que cualquiera puede reconocerse. I try to smile most of the time. Es el último verso de un disco que
hace posible que volvamos a sonreír, que sintamos la electricidad que agita la
somnolencia de estos días sin brújula.
Estas son las cosas que escribí
para él uno de los últimos días del invierno, saltando entre las ruinas de
nuestro mundo. Ahora que el álbum llega por fin, con el otoño asomando tras las
nubes, es momento de volver a él, a ese conjunto de música maravillosa, al
temblor que me recorrió al escuchar estas canciones que meses después siento
como viejas amigas. Mientras tanto el planeta ha seguido girando, el sol sale
cada mañana, y Junior Mackenzie tomará de nuevo la carretera. Con el fiel
Mauricio Bedoya al bajo y el infatigable Ben Wirjo a la batería, con Pablo
Barrios que se hizo cargo de los teclados días antes de la reclusión forzada en
nuestras casas, y con una guitarrista vibrante, Lucía Zambudio, que no llegó a
tiempo de tocar en este disco. Juan Fortea nos está diciendo que la vida sigue,
renovándose, no importa que estemos muertos o vivos. Y vivos o muertos, vale la
pena escuchar a Junior Mackenzie.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
Si no puedes ver el video pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=JVKbD_0V6ew

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