Fernando Rubio & The Inner Demons en el Fillmore Huertano

 Bloody Black Soul. Final de un concierto muy especial en la huerta de Elda-Petrer.

Juan J. Vicedo estuvo allí.

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Flow Me

STILL RIVER. 2023.
Siete años de espera, y la banda bilbaína Still River aparece de nuevo, como un río que sigue su curso sin prisas, bajando a la llanura. Lo escuchas pasar cuando la guitarra introduce delicadamente la primera canción, “On a Velvet Cloud”, arropada en toques sutiles de batería y una melodía de órgano que evoca algo que un día sentiste, mirando tal vez el horizonte. La voz de Dan Cabanela tiene el poso de los años, es más sabia y profunda, honda como el bajo que poco a poco se va apoderando de la canción y la lanza hacia las tierras bajas. La música salta y el agua ya no es mansa sino que se arremolina en las rompientes. Juan Gumuzio es, como siempre, capaz de sacar brillo a cada nota que salpica su guitarra. Solo han transcurrido siete minutos y el disco se ha sumergido en una corriente imparable, crece en “Brothers & Sisters (Tension & Time)”, música tan lejana como la memoria alcanza a rescatar, caballo desbocado de los estados del Sur de la Unión, corriendo libre. Música negra, música blanca, “Take Your Sip”, toma un trago y mira las aguas, hay sitios por dónde es fácil cruzar, si estás atento los encontrarás, en “Got If You Want”, por ejemplo. Date un baño tranquilamente, deja que tus ropas se sequen al sol de esta canción que ilumina la pradera durante cinco minutos. Escucha “Heave-Ho”, mira cuánta gente se mueve por la portada del disco, hay una fiesta junto al río, hay sonidos que te llaman, únete. Es hora de abrir un botellín de cerveza, los pies se te mueven, “My Love”, cimbrea tu cintura, el mundo es un lugar amable si lo quieres ver así. “In Your Bones” es música que alimenta, cocinada con ingredientes al alcance de todos que ya nadie usa. “Mulberry Wine” tiene el sabor de los garitos, del fin de fiesta, cuando el cuerpo pide pausa y la sonrisa es todo lo que das de ti. El disco acaba, un solo de guitarra, un piano tintineante, bajo y batería mirándose descaradamente, Cabanela contándote historias como si fuera Levon Helm. Es el momento de la última canción, “The Emperor’s Clothes”, palabras mayores, el regalo de despedida. Hemos llegado a la desembocadura, eso es el mar. 

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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Slices of Life

 AARDVARK ASTEROID. 2023.

La fecha del 14 de marzo de 2020 cambió el mundo. Esa noche la banda ilicitana Aardvark Asteroid había programado en una sala de Alicante el concierto de presentación de su nuevo disco “SLICES OF LIFE”. Esa misma tarde se nos anunció la inauguración de una etapa de confinamiento, miedo, mentiras y dictadura sanitaria. El concierto nunca se celebró, y el disco quedó en el olvido. Tres años después el virus que sirvió como excusa ha desaparecido, y aunque nadie sabe por qué es obligatorio entrar con mascarilla en las farmacias, seguimos aquí. Aardvark Asteroid nos traen rebanadas de vida en su disco, que por fin ve la luz. Es un testigo de cómo era el mundo antes de 2020, nos habla de lo que fuimos en el momento en el que todavía lo éramos, y lo hace a ritmo de refrescante electro-pop con anclaje descarado en la última década del siglo XX. Es todo lo ‘british’ que le transmite su frontman, James Hughes, un tipo que desde el levante español es capaz de generar oleadas de indie anglosajón rescatadas de un lejano pasado al que se agradece volver en lo musical. 

“Seven years” abre la colección con aire britpop, bailona y desenfadada, y enlaza con “A Very English Affair”, que podría ser una canción de Pulp en la que Hughes se mira de reojo en el espejo de Jarvis Cocker. Para hablar de Brexit, que de eso se trata. Al empezar 2020 ese era el asunto que nos tenía entretenidos, ¿alguien recuerda a Boris Johnson? Qué viejos nos estamos haciendo y qué rápidamente. “Back to 80’s”, con texturas anfetamínicas y melodías perezosas, va de mirar hacia atrás y pensar que el tiempo pasado fue mejor, y “November” de envejecer, el otoño, esas cosas. La tensión entre ritmo y melodía se percibe a lo largo del disco, fruto de la confrontación a la hora de componer entre la decantación rockera del guitarrista Albert Oliva y la pulsión pop de James Hughes. Una tensión muy bien resuelta que niega la máxima de que el equilibrio es imposible, que fue mantra del aburrido hípster-pop español. No, el equilibrio no solo es posible sino que acepta gotas de funky salpicadas aquí y allá: escúchalas aparecer en “Joyless”. “Paranoid Asteroid” es tal vez el ejemplo de asimilación de influencias más depurado y singular, con ecos que llegan hasta los años ochenta. La canción que titula el disco, “Slices of life”, se quiere peleona en la base rítmica a la vez que se desliza y juega en las grietas por las que se cuelan los patrones repetitivos que programa Salva Ispierto. La presencia sutil de las programaciones nunca se impone, busca su espacio a la sombra del bajo y la batería, y todo encaja. Una tras otra, las canciones te piden que las escuches y las bailes. Historias cotidianas en los textos, cortadas de la vida misma. Es un disco que se ha hecho esperar. Que ya podamos disfrutarlo es una buena noticia.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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Germán Salto

 GERMÁN SALTO. 2022.

Y hoy que tú no estás se hundirán / mis secretos y mis miedos en el mar. Con este minimalista “Vals Inicial” entramos en una suite sonora deslumbrante, obra y gracia del artista antes llamado Salto. “Solo el tiempo”, la pieza que sigue, es una deslumbrante obra maestra, un prodigio de música que se abre camino con facilidad, una letra que cautiva, una voz que está cosida a la canción, una instrumentación calculada y sutil. La guitarra acústica te abre la puerta y te guía, el bajo se solapa con ella, mientras en la voz de Germán Salto te llegan verdades sobre el miedo y el dolor. La batería espera su momento y se une, y a mitad del camino pide paso una guitarra eléctrica que se esconde entre violines, y te das cuenta de que ya no estás donde estabas, que la música es la misma y no lo es, y paseas por un jardín rebosante de luz. Solo el tiempo puede devolverte el valor / el color / el calor. El pasmo continúa cuando suena “Nada que hacer”, en la que el piano destella y la voz acaricia la melodía, se revela sinuosa y dulce al tiempo que va desgranando una historia sin salida aparente, versos sin alambique, cercanos al corazón, y al final la salida existe, es un solo de guitarra furioso. “Arder, humo y desaparecer” es el primer aviso de que este disco no conoce límites, que se va a ir adentrando en un espacio de arreglos orquestales y armonías colmado de sorpresas. Es una pieza delicada y exquisita, y el sabor que deja al escucharla queda arrasado por “Cuando no tenías sed”, directa y al rostro, empujándote para que te sumes al coro de voces del estribillo. Germán Salto es capaz de una cosa y de otra, porque donde la anterior es energía, “No” es pura belleza, y es también gusto y es memoria, mirada a un género melódico con el que los que ya no somos niños acunamos nuestra infancia. Una tras otra, las canciones van dejando su perfume, y en “Ciudad Invierno” sientes el frío, anticipas el final de esa historia de algo que pudo ser amor. Tal vez pasó que me olvidé de mirar / También pudiera ser que te olvidases tú / Te olvidaste tú. Los primeros versos están dichos en voz baja. Después una trompeta da paso a un estallido de voces que certifican el final del amor, lo que nadie va a salvar ya, y en ese torbellino de palabras que vienen y van como olas, la canción y el disco mismo crecen, y en su subida a lo alto Germán Salto se despeña revisitando a toda velocidad aquella iglesia abandonada en la que empezó a contar su historia veinticinco minutos antes. Hay una orgía de violines que conduce al “Vals Final”, que se debate entre la exquisita elegancia que impregna toda la obra y la desmesura que se apodera de ella en el último momento. Al final queda la voz, casi un susurro, precediendo al silencio. Te quedas quieto, mudo, sin saber qué ha pasado, por qué ya es tan tarde si todavía es tan pronto. Germán Salto te ha embrujado y no sabes salir del disco.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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Get it loud

 BEIZTEGUI & THE HAMMOND LOVERS

“Marked Cards” es la pieza que abre esta colección y Fernando Beiztegui juega ciertamente con cartas marcadas. Da la impresión de que lleva en un bolsillo la baraja, descolorida y desgastada, con la que un día muy lejano jugó John Mayall, la del blues blanco nacido en los pubs de la somnolienta Inglaterra. Ha empezado la partida y Beiztegui tiene cartas ganadoras, lo ha analizado todo con su panda, los Hammond Lovers, y junto a ellos no puede perder. Las dispone en abanico y ahí está “Tell me”, un monólogo de su guitarra en el que reconoces el color de un tiempo sin fin, que empezó en otro siglo y perdura. He bebido lagos y océanos, he comido polvo y TNT, ¿qué puedo hacer, nena? Canta Beiztegui y el soliloquio se convierte en diálogo con la respuesta electrizante de la armónica del Oso, Antonio Travé, que aparece desde la sombra del estudio de grabación. El piano de Alex Serrano se escucha en la esquina de la siguiente carta, “Double Crossing”, y la música parece venir de alguna parte en el Cinturón de la Biblia, un garito en el que el bourbon y el humo dan relieve a historias de perdedores y adulterios. Serrano ha escrito está canción, que abruptamente da paso a “Please Come Back Home” y el invierno y la noche aprisionan un corazón abandonado. Suena como cuando Ava dejó a Frankie, como la tenue voz en el silencio de las primeras horas de la mañana. Escucharla te da frío, te sientes solo, quieres una copa y abrazarte a alguien. Beiztegui y los Hammond Lovers han usado el comodín, la carta que liga todas las jugadas. El as de tréboles está justo al lado y tiene escritas en el margen las palabras “Don’t Let It Down”. Dani Levy al bajo, Cote Calmet a la batería. Escúchalos. Tiene groovie, es funkie, te levanta de la silla, te hace bailar una secreta danza, pedirle a la Reina Mousette que te deje entrar en su reino vudú. Esta mano va servida. O no. Quieres ver más, hay otras cartas en el mazo. “It’s Game Over, Baby” se llama la primera, y el piano y la guitarra se buscan y se encuentran a lo largo de seis minutos. Otra carta. “You Mess with My Head”. Alex Serrano la ha marcado. Es suya. Con ella vuelves a las islas británicas, solo para darte cuenta de que no importa dónde estés, es música más negra que el chocolate, que el alquitrán, que el rostro de un dios ancestral que sopló sobre los pentagramas. “Cold, Cold Grave”, la última carta, la rendición. Has apostado todo a este disco y has ganado.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)



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Castell de Pop

 BABY SCREAM. 2022.

Baby Scream es el paraguas que abre Juan Pablo Mazzola cuando la lluvia arrecia y no encuentra cobijo. Mientras el agua corre junto a las aceras, sus canciones ponen banda sonora a las conversaciones del músico consigo mismo, a reflexiones sobre soledades y esperanzas que se difuminan. Es la voz de Mazzola el sonido de los sueños por cumplir, y sin embargo en su languidez melódica hay algo escondido que te hace sentir bien, como si vieras el sol que siempre sale. En la primera de las canciones, “Castaway”, la guitarra suena como gotas de lluvia, persistentes, ligeras, y solo al final el piano amplía el horizonte de la música, como si tras el sueño fuese a emerger la realidad. No importa en que estudio se haya grabado el disco, Mazzola canta en su habitación, o en la nuestra, tranquilamente sentado sobre la alfombra de los días que pasan. Hay un reflejo beatle en las ventanas de esa habitación. Mazzola apuesta por la naturalidad y los arreglos están cuidados para que no se impongan, para que no estorben, y no obstante hay momentos, como “Chillin’”, en los que los efectos sonoros aparecen como un envoltorio transparente. Hay un aire de maqueta en todo esto que te hace sentir cerca de las canciones, el mismo toque de baja resolución de la carpeta, con fotografías veladas por el contraluz. Este no es un disco para despertar, sino para soñar. “Castell de Pop”, con su desconcertante título, que no es más que el nombre de una calle en Valencia, es un espejismo que te hipnotiza, una nebulosa en la que puedes flotar indefinidamente.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)



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Libre asociación de ideas

 ANTONIO ÁLVAREZ. 2022.

Escuchas un piano solo, una atmósfera clásica, de tenue romanticismo, y los primeros versos: “para soñar…”. Es una invitación, te dices, al mismo tiempo que te das cuenta de que esa canción, a la que se van sumando instrumentos, está cosida a la realidad, al juego de vivir. Nada es banal si hay una buena historia. Sospechas que en este disco de seis canciones vas a encontrarlas, que aquí hay historias para escuchar. Dime que sí, en la hora de las brujas, canta Antonio Álvarez y la canción se acelera, entran los coros, la voz juega en la melodía. “Dónde”, que se va al pop y se viste con un solo de guitarra luminoso, es como las otras cinco una canción de autor, de lo que antes llamábamos cantautor hasta que la palabra se desgastó para ser sinónimo de aburrimiento. Es el gusto por el verso y la introspección, por la música elegante y sutil, lo que hermana a Álvarez con Lapido y con Antonio Vega, y con muchas canciones de otro tiempo anterior al suyo. Ese estilo, fruto de una búsqueda que viene de su precedente disco con apariencia de maqueta, “Circular”, nos regala piezas como “Necesito aire”, que empieza a capela como si Álvarez buscara ese aire, y cuando la banda entra notas que el aire está, pero entonces él te dice que el mundo es frío si ella no está, y así una canción de amor te lleva a un sentimiento que puedes casi tocar: “necesito verte paseando entre la gente”. Y la ves, caminando, alejándose, y la música acaba lentamente, entrando en el silencio. “Volveré” es una canción acelerada, urgente, en la que los versos se siguen unos a otros, al galope. Tiene lo que tantas bandas de hípster-pop desprecian, honestidad. Antonio Álvarez no llora ni pide compasión, compone con el corazón, y cuando canta “y nadie va a pedirnos cuentas” no hay desafío egocéntrico sino verdad. “Libre asociación de ideas”, que da título al disco, es una canción brillante, de poeta músico, jugando con las palabras y las referencias culturales, burlándose de sí mismo cuando habla de “esta mala canción”. Hace muchos años Aute se atrevió a hacer lo mismo, qué me dices, cantautor de las narices. Álvarez es, con su generación, hijo de muchas músicas, y en “Mi rock and roll” hay sabor a rumba y a sur, a nuestro sur, hablando de ese rock personal con gotas de impostura, fusión de influencias y culturas para seguir avanzando “en esta locura de vivir”. Acaba con “Callejones”, una canción muy hermosa, que habla de sombras y luz, almas y huellas, de vida en fin. Lapido anda en espíritu en su escritura también. La orquestación, siempre sutil, es aquí una caricia que te acompaña al fondo de la canción. Los coros y la armónica crean un espacio melancólico en el que “cae el telón y el decorado”. Pero “tú estás ahí, sigues ahí”, dice, y nosotros la vemos. Ese es el hallazgo y el misterio de Antonio Álvarez, que te permite ver los lugares y las personas que se mueven en ellos, a través de su música y sus versos. Solo seis canciones le bastan.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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