Valencia

 JUAN Y LA HORMIGA


Juan Pablo Mazzola se nos ha presentado en los últimos años bajo distintas personificaciones, con distintos colaboradores, pero cada proyecto brota de un espíritu común y bebe de las mismas fuentes, las del power pop más elegante. Da igual que el nombre sea Baby Scream, o Multiverzal o, como ahora, Juan y la Hormiga, Mazzola es reconocible al instante, es ese amigo que viene de lejos a tu reproductor y canta mientras tú entornas los ojos. La Hormiga, o Muchas Hormigas, o como quiera llamarse la próxima vez es María Mathe, quien mejor conoce al músico y que en este disco dedicado a Valencia, la tierra que les acogió a ambos, se une a él y hace fácil aquello de “y dos fueron uno”.
“Valencia” son armonías y luz mediterránea. Se abre con “After the War” y un fraseo tembloroso, para que una guitarra subraye el alejamiento de los tiempos oscuros; el gemido de la lap steel anuncia el día y la luz y la sonrisa de ella, la curación de las heridas. “About Us” es minimalista, una guitarra acústica está en el inicio que nos lleva a la asunción de un nuevo horizonte festivo, esperanzado, en la estela de una echadora de cartas, una hija y un montón de gatos. La guitarra vuelve a gemir en “Cupid’s Arrow” y es el sonido de la felicidad, y hay un teclado que empuja la canción hacia la ruleta rusa que es la vida, porque este disco no tiene otro escenario que la vida por la que los pequeños seres nos movemos. “Play This Game” es un dúo vocal con la belleza de quien canta bajo las estrellas y la noche, mientras el mundo da vueltas. Una suave cadencia te embelesa. “One Way Ticket” el delicioso pop, he-he-hey, es lo mejor que puedes hacer cuando la línea privada de tu dios siempre da señal de ocupado, abandonarte a las guitarras distorsionadas, refugiarte en un lugar en el que gritar y cerrar los puños. En “Stereo” las voces se solapan sobre un riff infatigabe, crean un espacio armonioso en el que irrumpe un punteo que trae luz. Llegas al final. “The Most Beautiful Bride” es la despedida aterciopelada en la que la música besa la orilla del folk y la melodía se aleja en las aguas y nunca acaba, sigue en tu mente. Juan y la Hormiga. Valencia. Un sentimiento universal, sumérgete en él.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Luzzy

 FERNANDO RUBIO & THE INNER DEMONS. 2025.


El Luzzy es un lugar donde se sueña. Cartagena es la costa donde el mar y la música confluyen. No había otro punto en el mapa en el que fuera posible este concierto, ni otro momento mejor. El comienzo es un manifiesto y también una declaración de intenciones: “Reborn Again”, “It Ain’t Over”, la larga introducción instrumental, los solos de Carlos Campoy y Joaquín Talismán. Fernando Rubio está de nuevo aquí, renacido, y la historia no ha terminado todavía. A partir de ahí hay que dejarse llevar, con piezas como “Get Down”, hecha para sonar en directo, con esas partes de guitarra desbordando la canción; o con la elegante “Last Night I Dreamed of You”, un sueño en si misma; con “It Won’t Take Too Long”, en la que el bajo de Román García es la pulsación del big bang, del estallido original que contiene todos los misterios del universo, y Paco del Cerro marca la cadencia de un tren invisible, y escuchamos el sonido de las ruedas en las vías, de las chispas que saltan en los raíles. “Beast of Burden”, de los Rolling Stones, se mira en muchos espejos y los rompe todos; Jon Batiste reaparece en la garganta de terciopelo de Fernando Rubio, que en “Tides” hace llorar su guitarra sobre las olas de la melodía. En “Sad Sad Day” los Inner Demons cierran todos los espacios, es la perfección de unos músicos que se reconocen a sí mismos como un todo inescindible. Trepidan las paredes y las filas de butacas cuando los tambores introducen “You Know I Know”, punteada de guitarras, un tesoro en el que cantar y navegar son sinónimos, en el que el góspel es la voz. Es el festival de jazz de Cartagena, cuarenta y tres anillos en la madera del viejo árbol. Rubio y los suyos ya se bañaron catorce años atrás en este mar de música, en la orilla por la que el sol asciende. “Thank You for Being Here” y el regreso a los ochenta con “Town Called Malice” son las cartas sobre la mesa en la despedida, el triunfo.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Homenaje a Nacho Para: fin de fiesta

 Juan J. Vicedo estuvo allí
BANTASTIC FAND. "I Shall Be Released" (Bob Dylan)
30/10/2025, Auditorio El Luzzy, Cartagena

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/x2cEUgID-9s

Un año sin Nacho Para: Nos quedan sus canciones

 Juan J. Vicedo estuvo allí

"IN THE AFTERNOON". Bantastic Fand. Voz: Carlos Campoy. 
Homenaje a Nacho Para. 30/10/2025.
Auditorio El Luzzy, Cartagena

Si no puedes verlo, pincha el enlace https://youtu.be/u566TnjY9yk

En la ciudad

 CALERO. 2025.


Arranca el disco en la ciudad, con sonidos que vienen de un mundo en el que ya no vivimos, con texturas funky y cadencias mediterráneas. “En la ciudad”: Se vive como se puede, pero se vive. Javier Calero ha escrito historias urbanas, narradas con la calma del observador, a veces al límite de la indolencia. “Me siento en los charcos” pide paso en las discotecas y en los disco-bares de aquellos años que se perdieron, los de una juventud que ya solo recuperamos en fotografías borrosas. Es esta una canción para amanecer, con las botellas vacías y los vasos a medias. A veces la música es paisaje, el de las “Noches de calor”, sonoridad elegante en un lienzo: sobre la voz oscura que pinta la humedad nocturna, surge otra voz, la de Carolina Driemel, que salpica calor y sensualidad. “Oferta espacial” no puede ser otra cosa que tecno, estación que se asoma en este túnel del tiempo, un andén de solapas, brillos y maquillaje, una galaxia lejana. Hay burbujeantes cuerdas y teclados cristalinos en “Hago y deshago”, una columna de música que se alza y expande con aromas jazzy: Ahora por fin mi vida es mía / cuidado, amigo / la tuya también puede ser tuya / ya. “En el barrio” es colorista, adictiva, en ella la vida sigue igual, nada ha cambiado, y en eso precisamente radica su atractivo, la autenticidad que destila la canción, su frescura. “En la playa” canta Javier Baeza: Estás aquí para olvidar / la vida complicada que has de llevar. La playa como vía de escape es solo una ilusión, porque la música y el ritmo es el mismo de la ciudad, no es una canción de playa, en Valencia no hay mar, pero el saxo de Tomás Genís crea espacios dorados donde soñarlo. “De paso”: la guitarra dibuja un lugar por descubrir y la percusión te lleva allí como el tranvía al que subiste una noche, hace ya tanto. En esta tierra nadie se queda / todos desean salir de aquí. ¿Hacia dónde? El disco, casi al final, se viste de reggae con Payoh SoulRebel, en “Las leyes de la conducta animal” desembarca una sección de metales, podrías estar en Birmingham o en la Valencia mestiza de finales de los 70. Es el momento de cerrar, “Nuestro momento”. Es un fin de fiesta chispeante (o un principio), en tu casa o en tu bar favorito, es un single para tu tocata, una canción venida del ayer para nacer hoy, para abrazarte mientras sostienes tu copa en esta noche repetida de la que no quieres salir. Canta Patti Kitten: Es nuestro momento y lo quiero aprovechar, oh sí. Y sin embargo, queda en todo el disco una impresión, la de que ese momento ya pasó, que es solo un recuerdo.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Los Radiadores ¡Están vivos!

 LOS RADIADORES. 2025.

Sucedió el 19 de octubre, no hace ni un año, y ya escribí entonces sobre ese estallido salvaje que iluminó la huerta y la revelación de que la electricidad no es un adorno, es necesidad. Algo pasó esa noche que nadie quiso olvidar, astrónomos alucinados captaron la supernova, alquimistas con capucha destilaron el sonido y lo grabaron en códigos misteriosos de ceros y unos. Aquí está el resultado, el disco plateado en el que aquel sábado nace, muere y vuelve a nacer cada vez que le das a la tecla correcta. Los Radiadores celebran quince años de canciones y presentan quince canciones a todo color, plasma atómico como el que refleja la pintura de Antonio Minerba incluida como regalo en la caja. Me pidieron que escribiera unas líneas para la carpeta, y con ellas cierro el círculo que empezó una noche de otoño en el Fillmore Huertano con un atronador “Contra el asfalto”:

La prueba de sonido ha sido vista y no vista. Natural, esto es punk. Raúl Tamarit apura su birra en el bar y desaparece, porque se le ha olvidado pintarse la sombra de ojos. Menos es menos y más es más, ¡arriba las crestas! Paco Oncina, intermediario de ilusiones, me avisa: no se ha visto nada en la huerta como lo que va a suceder. Lo sé, y él sabe que lo sé, pero no digo nada, sin dejar de sonreír. Esto todavía no ha empezado y ya estoy acelerado. Quiero ser eléctrico. Estoy listo para salir volando con el primer riff, nada podrá detenerles ni detenerme cuando las guitarras se enfrenten y los cuatro arcángeles furiosos ataquen en una sola dirección. Las canciones se pisan unas a otras durante media hora frenética y veinte minutos más, rápido, rápido, rápido. No hay nada que explicar, es energía y no se crea ni se destruye ni se puede describir. Hay que estar ahí, viendo pasar a toda velocidad las vidas de otros y tal vez la tuya, narradas sin tregua entre estallidos. Todo ha terminado, pero no me voy, hay un zumbido en mi mente que me ha dejado conectado y sin poder salir. Barrenderos invisibles limpian de adrenalina el suelo de la huerta.

 LOS RADIADORES ¡ESTÁN VIVOS! EN EL FILLMORE HUERTANO. 2025. Bonavena Música. https://www.bonavenamusica.com/shop/

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Junior Mackenzie, en el Fillmore Huertano

Juan J. Vicedo estuvo allí

La propina, en solitario: "Colors of the Sky". Y una muestra de lo que es capaz con la banda al completo: "I Will Call You Tomorrow".

Fillmore Huertano, 19 julio, 2025
Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/9KQe_zCjtEA


Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/WJOnGT67s38


Amateurs in Yokohama

 PAUL ZINNARD. 2025.

Hay un lugar que no conoces en la portada de este disco. Te sientes inclinado a pensar que es Yokohama, porque crees que en este mundo las palabras se traducen en imágenes. Ese lugar no es Yokohama y además ya no existe, la penúltima guerra lo borró y solo es un hueco. Es una metáfora y Yokohama también lo es, es el sitio en el que nunca imaginarías a Paul Zinnard y su banda. No sabes nada de la realidad y te gusta creer lo contrario. Estas canciones indagan a su manera en la realidad, que siempre es otra diferente a la que pensábamos, realidades diferentes a las que conocemos. En nuestras vidas va quedando poco espacio para canciones así, fuera del mercado y el algoritmo y la precisión matemática. Paul Zinnard no busca la perfección porque sabe que no existe, se piensa a sí mismo como un músico aficionado, se rodea de quienes se sienten como él y sueñan con la música, y cuando entra en un estudio de grabación nos lega el pálpito de lo inexplicable. Lo ha hecho una vez más, y lo seguirá haciendo porque la búsqueda es irrenunciable, siempre hay un motivo para dudar en un cruce, cada día hay una calle por descubrir.

Amateurs en Yokohama. Paul Zinnard ha tomado otro camino para llegar al mismo lugar, ha elegido una paleta de colores distinta para este lienzo. Su sonido elegante está atravesado de guitarras. Las armonías pintan sutilmente los espacios que la voz dibuja. Hay una pulsión profunda que viene de lejos, de otras canciones y otros discos en los que ha plasmado su acercamiento al horizonte que siempre se aleja. David Aldave ha sumado su guitarra a la de Patricia de Velasco, contrarios que se complementan, equilibrio, agua y fuego. Los teclados de Mauro Mietta se vuelven sutiles, velados, presencia que no está presente, ausencia que no existe. Julio Gómez cierra las canciones, impide que se escapen, las vuelve hacia sí mismas para que brillen. Nada de esto sucede casualmente, surge cuando los espíritus se conjuran y alientan en los músicos, les hacen creer que no lo son, que son aficionados realizando sueños una mañana cualquiera en un lugar sin nombre, en Pozuelo, por ejemplo, o Yokohama. Decía Woody Guthrie que las canciones están en el aire para que alguien las capture, y Dylan sintió lo mismo. Las canciones son tan antiguas como la creación del mundo, nacen de ese soplo que vino de más allá de las estrellas, y alguien, mirando al techo de su habitación con los párpados entreabiertos, filtrando la luz que entra por la ventana en un piso de Malasaña las hace suyas. Es el instante del milagro, de la revelación. A lo largo de los meses van creciendo, se cargan de significado en horas compartidas en otra habitación al otro lado de Madrid. Los músicos, la intuición, el ensayo y el error y el acierto, la duda y la certeza, cuando falta algo, cuando ya se sabe qué, era verano y es primavera, la canción todavía imperfecta es ya la canción.

Son diez, las canciones. Cuentan historias. Hablan de lugares que están lejos de aquel en el que nacieron. Lugares, personas, ciudades que conocemos aunque no hayamos estado en ellas. Nueva York, Londres. Buenos Aires. El mundo está al alcance de la mano en una pantalla de cine o de televisión, el mundo reconocido en las canciones que se reconocen en una existencia pasada, en el tocadiscos de una mujer solitaria, en las emisoras de radio, en el hombre que canta en un tiempo lejano, en el que toca la guitarra en Brooklyn. Nadie habla de Madrid, pero nada se entiende sin sus calles, donde el espíritu se revela en un instante, un fogonazo. Revolotea como una polilla en una farola, la canción. Atraparla no es fácil, si no se tiene cuidado se convierte en polvo entre los dedos. Son canciones que hablan de amor, amores no confesados, amores sin compromiso, amores que sustituyen a otros que todavía duelen, amores que no tenían futuro. Amor y desamor, y sueños de amor y de riqueza, ensoñaciones y realidad, una imagen de vino y flores que no acaba de difuminarse, un sentido de pertenencia al bando de los que resisten con una sonrisa. Son canciones de salvación, atrapadas entre la melancolía y el horizonte, volando delicadamente en la neblina húmeda de la noche y los noctámbulos.

Lucky Man. La percusión como latido, el del hombre afortunado. Te preguntas quién canta, si es el cantante o la canción se canta a sí misma. Dos voces, el narrador, la segunda voz que te llega desde otro plano, que es sombra y luz, y escuchas dos lecturas que coinciden en la misma historia, y las dos dicen lo mismo, desde dentro y desde fuera, no hay contradicción. Ese hombre que al llegar la noche pide que el mañana sea igual es real, lo sientes, quieres unirte a él en la expresión alada del deseo y el contento que son uno: I wish tomorrow will be the same. Contagia la alegría que muchas veces hemos sabido perdida, tantas veces, encontrada y perdida y vuelta a encontrar. La guitarra, con su voz, ilumina el mensaje, gotas de lluvia y sol, pulso de vida.

New York City. Sus personajes. Vidas que no te resultan extrañas, que te recuerdan a otras. Vidas en versos que son vida. Explosión de música que parece viajar en taxis y trenes suburbanos. Las guitarras se adueñan de los huecos de la narración que la voz empuja sincopada, palabras que se frenan para subirse en la rítmica de los parches y en la vibración de las seis cuerdas para saltar a otra estrofa cruzando la ciudad. La canción celebra las vidas anónimas con nombres propios, todos tenemos un nombre, Pedro o Sheila, incluso el músico que puede hacerte llorar con una sola nota en una esquina de Brooklyn Heights. Voces luminosas te llevan hasta el amanecer.

The Fight. Una melodía perezosa recorre un paisaje amenazante, oscuro, y la voz profética se prolonga en un eco de sí misma, encuentra sus espejo en la de la mujer, en su sonido arcangélico, ángel dulcemente humano que abre la puerta que da paso a la realidad de la que no se puede escapar. Solo en las canciones escapas. Voices on the radio…, las sílabas se alargan, el misterio se sostiene en un débil hilo sobre el abismo. El bajo es la arritmia del corazón, la guitarra el látigo de lo real. El arcángel brilla en la tiniebla. La voz redondeada de Paul Zinnard, David Aldave detonando explosiones controladas. Julio Gómez, la calle, la pelea, lo que viene, paso a paso, resbalando en los teclados de Mauro Mietta. Someone. Patricia de Velasco, luz astral.

Would You Think of Me. Hay prisa en el inicio, música que quiere irse, urgencia en las palabras. Tú las escuchas, la guitarra las subraya, la canción es una pregunta en sí misma, encierra muchas preguntas sin respuesta. ¿Dónde está la respuesta?, no está en el viento, frenéticamente la busca una música que busca una salida que busca un final. Hay en mitad de la canción una tormenta que no llega a romper, y él, cansado tal vez de preguntas, se arroja en los brazos de ella. ¿Es un rebelde o un fraude? No sabes si ella lo sabe. Eliges no saberlo. En tus oídos resuenan peleas callejeras, el cartero que intenta defenderse del sinsentido, estaciones de bomberos ardiendo, la promesa de no decir nunca “te quiero”.

Lonely Woman. Se palpa la soledad, la que solo se llena con una visita los domingos por la tarde. Pero de repente, sin darte cuenta casi de que eso ha sucedido, tú también escuchas el disco, la canción a la que la mujer siempre vuelve, con las persianas bajadas. Estás en su habitación, en el piso de abajo, un acorde y una melodía colman el vacío y la mujer no está sola, nunca lo ha estado, porque su historia no es solo suya. La música trepa por los muros de antiguo silencio y cantas esa canción de amor que nunca fue, sentimientos escondidos, y entonces alguien desconecta el teclado, y es soledad lo único que queda.

Love And Riches. Un espacio en el que soñar, construido por cada uno de los músicos. Cada uno aporta intimidad desde la orilla de la canción. Un espacio en el que las palabras son olas, y las olas son coros, la realidad late en las cuerdas del bajo y las teclas son de arena blanca, y las guitarras espuma. Y hay lágrimas, una canción así solo puede estar hecha de lágrimas, aunque no sepas de quién son, aunque no sepas si son las tuyas. La luz del sol que entra por la ventana te regala sabiduría, puedes soñar mientras seas consciente del sueño. El mundo es extraño y mamá puede guardarse en los bolsillos los filetes si la nevera no enfría. Es irreal y no lo es.

Sunshine. La lluvia es el recuerdo de algo que no es bueno recordar. La lluvia es un verso dicho lentamente, susurrado, como los sonidos del alba en una ciudad que despierta, como el amor y el olvido, como el amor. Un solo de guitarra despierta al sol sobre el horizonte urbano, en el este, en Yokohama tal vez, y las voces de la canción son la voz de otro día nuevo, se pasean por ella dejando atrás la memoria de un tiempo en el que se podía ser demasiado joven y pagar el precio. La nostalgia en poco más de cuatro minutos y tres voces. La belleza.

The Queen of England Died. Has oído, has oído, has oído. Uno, dos, tres, cuatro, te dejas arrollar, la sección rítmica te pisa y no te puedes apartar, te abre las orejas, los ojos, te estampa contra lo que no puedes controlar. Hay demasiadas cosas en un mundo lleno de ruido, cada noticia es un riff en tu tiempo, una guitarra que no callará, una percusión que te mantiene en lo alto, una línea de bajo que es la droga que te encadena a los sucesos, porque sí, lo has oído en la radio, la Reina de Inglaterra ha muerto. Nadie te mentiría sobre eso.

I Remember When I Used to Love You. Brillos de diamante en las yemas de los dedos, notas cristalinas. La narrativa en el fraseo que enciende la canción. Un estribillo que es una invitación a cantarla, a participar de un sentimiento. Los coros son NUESTROS. Nos oímos a nosotros en la canción …all the time. La guitarra navega por el tiempo, nos deja a la espera del fin de la historia. Cada vez las pausas se dejan notar más, cargadas de significado entre cada verso. Y en el final los coros dejan de ser nuestros, es un coro griego que hace universal la canción y lo que expresa. Estaba allí desde siempre, donde las canciones duermen, y Zinnard la encontró.

Flowers And Wine. Fin del camino. La realidad obstinadamente juega con los sueños. La música corre como un tren a golpe de tambores. ¿Qué celebramos? Tiempos de flores y vino. Tiempos que fueron suyos, que vienen desde la lejanía con un hombre que cantaba en las calles de Nueva York. They were mine. Confesión en voz baja, tímida, que roza el dolor, que se hermana con la pesadumbre. Si lo ves de otra manera, la sombra no puede triunfar. La vida sigue. Escucha los coros elevando ese mismo verso a las alturas en las que el sueño continúa. Todas las imágenes diseminadas repentinamente se deshacen como viejos cromos. No está la buhardilla, ni el caballo de carreras, ni el barco de vela, ni la esplendorosa novia. Solo los perros que ladraban en la distancia son reales, se duermen cuando acaba el disco y la última canción salva tu alma.

                                                  Recomendado por Juan J. Vicedo

(Texto basado en las notas de carpeta del autor, incluidas en el disco.

Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


El viaje

 COPERNICUS DREAMS. 2025.


No es fácil cambiar de idioma. El lenguaje musical pide un modo de expresión concreto, las canciones tienen su propia lengua materna. Copernicus Dreams nos sorprende en su cuarto disco, el primero en español, en el que lo apuesta todo y gana. Su música, siempre reconocible, lo sigue siendo, y las palabras viven en ella como si nada hubiera cambiado. Su título, “El Viaje”, es tanto una recapitulación sobre el itinerario seguido en los últimos diez años, como también una seña distintiva de lo que exploran sus canciones de ayer y de hoy, siempre atentas a periplos vitales, a trayectos y búsquedas, canciones de carretera y de historias en movimiento.

El diablo hace acto de presencia y no lo ves venir. Es “Cruce de caminos”, declaración de intenciones con la que el disco se sitúa en los campos de algodón y los bayous, en el mito de Robert Johnson y de la reina bruja. Es Nueva Orleans y es Nashville, es la autopista 61, y el solo de guitarra divide la canción como si fuera el propio río Mississippi. El viaje ha empezado en la cuna de la música americana, suenan los metales, el riff de salida es puro rock sureño. Te mueves en círculos, vuelves a Nueva Orleans, o tal vez no habías salido de allí. Ese círculo tiene la forma de la ruleta vudú, el azar en una jugada, lo mágico, la brujería, lo que no ves venir. La voz, con su fraseo, hermana el pop con oscuras historias, y la guitarra eléctrica tiene el acento latino de la madre Abraxas. La historia es la que mil veces ha sido contada: el teléfono sonó y mi chica se fue. Resuena en tus oídos y te lleva a escenarios del pasado mientras se apaga la música. “Flotando en el espacio” habla de afrontar el propio destino, de guiones sin escribir. Es un canto a la renovación, a la vida, a un nuevo despertar, y un solo sideral de guitarra y las texturas de los teclados te hacen flotar, como flotas también, ahora en el océano, escuchando “Silencio”, una balada en la que el suelo del folk hace germinar semillas rockeras. “Tracy” es otro cruce de caminos, una historia de amor efímero de los tiempos modernos, y en ella los coros te transportan a los idilios epistolares del romanticismo, los teclados explican la historia a su manera, la voz narra los hechos: dos chavales, la distancia, un concierto de los Stones.

En la vuelta del disco, “Tocando fondo” es un motor en marcha, honky tonk, tambores que empujan la canción hacia adelante, versos desgarrados de pura esencia rock, slide y órgano que se mezclan en el final, todos los elementos químicos que hacen saltar por los aires tu tejado. El pop de esta orilla del Atlántico es luminoso en cada nota de “Llámame”. Sí, hazlo, llama, es una invitación que no puedes rechazar, la música te coge de la mano y te lleva. Una secuencia que desemboca en “Luna de Miel”, regreso a América, una canción en la que cada sílaba encuentra su sonido, desbordante de vitalidad, paisaje sonoro que corre veloz por el asfalto, visita ciudades, country que se quita las botas y se sube en un chevrolet. En el próximo cruce hay una nueva elección y un nuevo comienzo. “Desde cero otra vez” se abre con un solo de órgano que preludia la visión optimista, el cambio, la decisión de irse para seguir caminando. Los metales dan brillo a esa mirada al futuro. “Polos opuestos”, con su elegante aire jazzy, es el relato aterciopelado de la ruptura, cuando el dolor está anestesiado y te preguntas si eso era amor, El piano suena como los cubitos de hielo en un vaso de ginebra, la guitarra puntea como dedos en el cristal de la ventana por la que no volverás a mirar, los vientos cierran una historia y abren otra, son el sol del nuevo día. Es el colofón perfecto para esta colección de canciones, en las que Copernicus Dreams abre una página y reescribe otra: cinco títulos son canciones del pasado visitadas con nuevos ojos, una relectura fascinante que va mucho más allá de una simple traducción a otra lengua. Lo podrás comprobar si buscas su discografía y escuchas “You Say”, “Just Call” y “Live for Life” (de su primer disco, “Sunrise”), “The Honeymoon Song” (de “The Honeymoon”) y “Goals and Illusions” (del homónimo, su tercero) y descubres, si antes no lo habías hecho, que se trata de las nuevas canciones “Polos Opuestos”, “Llámame”, “Desde cero otra vez”, “Luna de Miel” y “Flotando en el espacio”. La imagen de este viaje es el globo que en la portada se eleva sobre el horizonte. Copernicus Dreams, sueños de Copérnico entre el cielo y la tierra.

 

COPERNICUS DREAMS son: Chus González (voz, guitarras, steel guitar); Pablo Gil Prada (teclados, coros); José Ochoa (batería, coros); Joseba Vinatea (guitarra); Kike Ibáñez (bajo, coros).

Sección de vientos: Joseba Aparicio (trompeta); Eneko Arraibi (saxo); Jurgi Iraola (trombón).

Compuesto y producido por Chus González.

Grabado por Jon Asier Zubelzu en Gaua Estudio, Fruniz, y mezclado por Toni Brunet. Masterizado por Mario García Alberni en Estudios Kadifornia, Puerto de Santa María.

Artwork: Ismael Vicedo.


Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Calle Música

 ANTONIO ÁLVAREZ. 2025.



Calle Música. Ahí está todo, dos palabras que se buscan en una esquina, se encuentran y dan sentido a muchas cosas. Antonio Álvarez camina por la calle de la música con naturalidad, asoleándose. “Quiero abrazarme a una nube”, es lo primero que dice, y sabes que tú también. La canción se llama “Un segundo de belleza” y esa imagen del hombre abrazado a lo imposible colma la idea de belleza. Son cosas que suceden en una tarde cualquiera. Antonio extrae de lo cotidiano poesía y música, y una filosofía del pasar por la vida que se hermana con los sonidos del pop que le alejan del cantautor al uso. “Todos los caminos de la tierra son principio y final”, le oyes decir antes de que un solo de guitarra nos invite a paladear sus palabras, a entrar en ellas, solo para encontrarnos sin darnos cuenta en un laralalá lalalá, máxima expresión de música festiva. Aparecen sonidos del amanecer Beatle en escenarios blancos y luminosos, calles y costa almeriense. “La gran dulce alianza” es una rosa de los vientos, expuesta a la canción pop británica y al indie patrio, a la canción de autor y la canción del verano. “Calle Música” es fiesta y es carnaval, es orquesta en la plaza del pueblo, invitación a bailar, pide palmas y sonrisas, balancearse con el saxo, seguir con los labios los coros de Laridi. Solo tres canciones y el azul del cielo y la cadencia de la Andalucía Oriental te liberan de los pesares y te introducen en un pequeño mundo de maravilla, “Plancton”, y la habilidad de Álvarez para el fraseo te sumerge en la canción, te sube y baja por la melodía, te hace saborear cada palabra de esta historia de dos que se hablan y casi no te atreves a romper su intimidad, solo escuchas. En esta colección de canciones estás siempre en brazos de algo o alguien, y en “La taberna del irlandés” te refugias en la nostalgia y los recuerdos. “Es el tiempo el que te enseña”. Álvarez te enseña como el tiempo que le enseña, y si es domingo podríamos estar con él en la taberna. Buenos días, Antonio. Y él te contaría una historia, porque tiene muchas para contar. Subrayados de armónica y saxo puntúan la que se cuenta en “Envuelto en llamas”, canción en la que muere el día y nace la noche, qué cosa más trivial y sin embargo no lo es porque hay una pregunta que hace único el momento: dime cuándo te volveré a ver. Puede ser esperanza o melancolía, pero no lo dudes: la música coge vuelo recordando a aquel Elvis que no se maquillaba ni vestía lentejuelas. Entramos en los momentos más exquisitos del disco, la despedida en tres canciones y una propina. Sobre una falseta de taranta se edifica “Una noche en la Isleta”, la memoria del corazón, de los años idos, la noche efímera como la juventud y la belleza, y se hace presente la voz de las viejos y la enseñanza, y la canción muere en la orilla, en ese segundo de belleza. “Verano Naïf” es delicia pop y rumbera como no se conocía desde que nos dejó el Gato, vuela bajo y cerca del alma, cumbre del cancionero que se canta sola, se baila sola, se sueña sola. “Un par de cervezas” suena toda ella a despedida y lo es, en todos los sentidos. Es country de la costa del sureste, fin de jornada, sensación de que el viaje continúa. La coda es una balada llena de sonidos que nos llaman, voces que nacen de una garganta o una guitarra, del temblor de una armónica, de unos coros que se hunden en la melodía. Se llama “Las palabras llegan de improviso”. Así es, si así lo dice Antonio Álvarez.

                                                      Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


All things done

NORTHLINE. 2025.

Este disco que desborda aromas de inhóspitas tierras de la América del Norte viene de la Ribera Alta, donde el Júcar da la vida a los huertos, y está concebido para escuchar sin prisas, en parte porque el paso del tiempo recorre sus canciones, a veces subterráneo, a veces bien presente. ¿Cómo se hace para detener el tiempo? se pregunta Enric Máñez, voz cantante y compositor de Northline en “Against Time”. Su voz se impone desde el principio con el color del desgaste, levemente ronca, contrastando con la delicadeza de los coros, mezclándose con ellos para hacerse la pregunta clave. La melodía se enfrenta al diapasón del paso del tiempo, lo escuchas subrayando cada verso. Cuando la canción se desvanece, te preguntas a dónde nos lleva este disco. La respuesta no tarda en llegar, aparece con el implacable transcurso de la vida y del tiempo en una nueva canción, “Hold On”, que se balancea en el infinito como en un columpio o una mecedora. Echo de menos cosas que no siempre tienen un nombre. “Scream” es un lamento que dice no serlo, música suspendida en el tiempo o en un sentimiento que es el final de algo, y es hermoso aunque duela. La lap steel es el sonido puro de la melancolía. Escúchala en “Dark Days”, cuando da la impresión de que se está haciendo de noche ahí afuera. Es la sensación de hacerse viejo, el desencuentro generacional que aflora en “Lessons”, con unos coros aparentando una jovialidad que no es real, o la imposibilidad de recuperar al amigo que ya no está manifestada en “Funeral”, en la que la voz manda, lo dice todo. Las canciones se siguen, nubes en un mismo cielo, y aunque en “Tracks” se apunta que no hay estrellas por las que guiarse, el solo de guitarra lo desmiente, parece perseguir una luz. Oscurece. “Curse” son guitarras en el lado oscuro, y sí, ahí ya es de noche, las voces vienen de lejos, de otra dimensión, de las pesadillas. Con “For Now” todo acaba, el otoño da paso al invierno. Es el final, suena como si fueran los títulos de crédito de la película que acabas de ver, cuando todos se han ido y sigues sentado en tu butaca, prolongando el momento.
 
NORTHLINE son Enric Máñez (voz, guitarra, teclados), Silvia Martí (segunda voz, batería percusión), José Luis Bertomeu “Bertus” (bajo), Pablo Gisbert (mandolina, dobro, lap steel), Josep Maravilla (guitarra, mandolina).

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

SOY TODOS LOS QUE HE SIDO

 TOM J. Y LA JAURÍA. 2024.


Imagino a Tomás, un adolescente que se mira al espejo y finge ser Lou Reed. Imagino a Tomás con su primera guitarra eléctrica enchufada en su habitación, emulando a sus ídolos, entre ellos también Dick Wagner y Steve Hunter. Imagino a Tomás descubriendo con pasmo el rock andaluz, posiblemente una luminosa mañana. Imagino a Tomás imaginándose en Triana, en el doble sentido de las posibilidades: en el barrio sevillano y en el escenario acompañando a Jesús de la Rosa, un sueño imposible. Imagino a Tomás comprando en los sótanos de la Gran Vía todos esos discos que le enseñaron caminos, escuchando las emisoras de radio que yo también escuchaba y otras que yo no, porque yo no vivía en Madrid. Imagino a Tomás siendo todos los que ha sido, que no son otros que él y sus formas de representarse a sí mismo a través de los años. Tom J. y La Jauría son en realidad Tomás Salmerón y alguien que toca la batería y alguien que toca la guitarra solista por el canal derecho en el cuarto tema. Con todo eso ha montado un rompecabezas en el que las piezas encajan y forman una imagen coherente, su espejo y en parte también el de muchos de nosotros, un lugar en el que las guitarras dictan su ley y las historias encuentran su espacio. Narrativas construidas con imágenes sugerentes propulsadas en una música robusta que sella todas las grietas. Ahí están los invitados a la fiesta que abre la colección de canciones, seres inquietantes y estrafalarios que son el reverso de aquellos otros que hace medio siglo entraban uno a uno en nuestras casas convidados por Jaume Sisa. A aquella fiesta nos hubiera gustado ir; a esta no, preferimos mirar desde fuera, por la ventana que nos deja abierta Tomás, el divertido desfile de personajes anunciados por un torrente de música. En el centro de este universo existe una canción que nos lleva a una estación, la Banhof o la que quieras, una historia en la que es fácil entrar y que podría corear un pabellón entero si fuera la canción de otro, de esos exitosos artistas que arrastran multitudes y cuelgan el cartel de no hay entradas. Hay de todo un poco en este puzle musical, tanto como anuncia su título, influencias de una vida que se desparraman cuando Tomás enchufa su guitarra y se acerca al micro con ese deje castizo, rockero y vacilón de quien se ha mirado en múltiples espejos y tiene algo que decir. En la última pieza ya no hay palabras, arpegios cesantes cierran el pasado y dejan abierta la interrogante de lo que vendría después.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

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Empezó de día y terminó de noche, en el Fillmore Huertano

A GOOD THING THAT YOU KNOW
15 marzo, 2025

Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/DsKlUCjeXsc


SECOND MAN ON THE MOON
15 marzo, 2025

Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/QxA8p0D7AGI

Bloody Black Soul en el Fillmore Huertano

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Green Onions (Booker T. & The M.G.'s). 
15 febrero, 2025
Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/5FndZG9cTUE

Highway 61 Revisited (Bob Dylan)
15 febrero, 2025
Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/kNWz7bqOyU4


ENDECAGRAMA

 JUAN ÁNGEL GÓMEZ / JESÚS ARNAIZ. 2024.


Hace un año Juan Ángel Gómez y Jesús Arnáiz iniciaron un viaje en el tiempo. Entraron por un agujero de gusano que se abrió en una librería de una ciudad provinciana, experimentando sobre antiquísimas piezas musicales que compusieron Eno y Fripp y que Juan Ángel y Remi Carreres habían desempolvado. Los que estuvimos presentes los vimos alejarse hacia ningún lugar o quizá hacia todos los lugares del universo. Creo que allí siguen, flotando en torno al endecagrama, dejándose seducir por sus once vértices, por las siete notas y el silencio. El viaje de este último año lo han registrado para la posteridad en un disco compacto del color de los agujeros negros y desde él emiten pulsos de luz anaranjada que son sonidos de lo desconocido y son también los sueños de nuestra mente maravillada.

Todo es real. Jesús y Juan Ángel exploran lo indefinible con los instrumentos de siempre: sintetizadores analógicos de la vieja era, guitarras eléctricas y acústicas, bajo eléctrico, percusiones minimalistas, y de esa manera se adentran en un espacio infinito de diferencia y repetición, creando variación en cada paso, dejándose caer desde cada vértice de la estrella para hundirse en abismos sutiles. Cada salto al vacío genera un flujo en el que el viaje se busca a sí mismo y se olvida de que existe, mira al horizonte y lo ve distinto en cada parpadeo, y en ese continuo el tiempo se retarda y se sigue, navegando sobre texturas delicadas y magma, sumergiéndose en bucles líquidos, y así sin darte cuenta formas parte de un viaje en el que sueñan las mandarinas y resuenan ecos de las ruinas de Pompeya, mientras recoges amaneceres y rumores de nebulosas. Estás despierto pero no lo sabes.

Compuesto, interpretado, grabado y mezclado durante los meses de febrero a septiembre de 2024 en los estudios L&R de Alacant.
Jesús Arnáiz: sintetizadores, guitarra acústica, bajo eléctrico y percusiones. Juan Ángel Gómez: sintetizadores y guitarra eléctrica.
El CD puede pedirse enviando un correo a endecagrama11@gmail.com, o a través de Bandcamp https://arnzgmez.bandcamp.com/album/endecagrama

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)