No parking tickets in the clouds

 NACHO PARA. 2022.

Dicen que existe un algoritmo que conecta la música con tu cerebro y te hace su esclavo. Es música que no se crea ni se destruye, se fabrica. Existe también otra música, un sutil destilado alquímico que nace en el alma y busca su lugar en otras almas. Las canciones de Nacho Para albergan ese secreto y “No Parking Tickets in the Clouds” es un cofre para el que cada quien tiene su llave, la que le lleva al corazón de la poesía que se escribe con acordes. No oculta Nacho Para sus querencias, nunca lo ha hecho, y ya en la primera estrofa de la primera canción Harrison y Dylan se funden en uno solo, veinte segundos nada más que son el puente hacia sí mismo, porque si hay alguien reconocible en esta colección exquisita no es sino el propio músico que las firma.

Viene este disco de tiempos difíciles, los que encarcelaron nuestras vidas durante dos largos años, y necesariamente es crepuscular. No puedo escribir otra canción, se confiesa en “Only Seen My Face”, pieza de apertura envuelta en sonidos a flor de piel, un lienzo para el dobro, el ukelele, la armónica y el pedal steel, donde los teclados y los coros te llevan a una salida: soñé que te oía llamar y encontré fuerzas para abrirte. Empieza así un camino que te conducirá a esas nubes de “Hurry Up” en las que no existen parquímetros o, en el aburrido lenguaje actual, zonas de aparcamiento regulado. Nacho Para canta canciones junto al fuego, y en “Leaving You My Soul” hay violines que te hacen estar en los lugares a los que pertenece el alma, y en “In the Afternoon” es la propia canción la que camina hacia el horizonte, como el preso que siente el aire caliente en su primer día de libertad, y escuchas una mandolina que es el atardecer y un banjo que es la carretera polvorienta. Son canciones de frontera, como “Move Around”, en donde la soledad se siente, y “Great Creation”, en la que la armónica abre el mundo entero y lo cierra, un sonido que evoca las praderas que nos hizo ver Neil Young, y la voz de Nacho Para y los coros de Paco del Cerro te llevan a algún lejano lugar dentro de ti, y la slide de Fernando Rubio es el agua que necesitas para el viaje en una canción que nunca se va, que se hace infinita en poco más de cinco minutos. 

Hay en el disco canciones desnudas, como “Rain or Shine”, interpretada en solitario, en la que Nacho Para pasea su voz por una melodía cosida con la levedad de los destellos, por una música que está en el aire y es su amiga. Es la fotografía del interior de la carpeta hecha canción: descalzo en casa, con su guitarra. En “Ain’t Got No Time”, a solas con Paco del Cerro, aparece el espíritu de los sesenta, el perdido sueño californiano, expresado en un verso de despedida, que es una invitación también: I’m leaving for the country, so are you. Y hay también canciones en las que la huella de Bantastic Fand, la banda de Nacho Para y de muchos de los amigos que le acompañan en el disco, se deja ver vestida de domingo, con trompetas y trombones: “Drivin’ North”, en la que las luces de ciudad encierran la mística de marchar lejos de casa, ir, verlo todo, volver, hacerlo sonar, remolino de confusión del que emerge el color de la música, como ya hizo Dylan en 1966. O “Into the Light”, con ecos de Van Morrison, en el que Chencho Vilar labra surcos sutiles con el bajo, y la guitarra eléctrica de Iván Estefanía lleva de la oscuridad a la luz y hace el camino de regreso, porque este es un disco de contradicciones en el que no estás seguro de que nada conduzca a la luz, salvo la música.

Por eso, porque se trata de encontrar la dirección en tiempos confusos, “Fog in the Air”, escondida en lo que sería la cara B de un vinilo, es quizá la canción clave para entender el conjunto, una balada a dos voces con Paloma del Cerro, cuya voz es una veladura que te reconforta, y que es la música de los momentos en que solo la música te salva. No lejos de ella, cuando ya el disco se dirige hacia el final, “Rowdy Boy” es la joya que recoges con manos temblorosas, hermana de tantas canciones que nos hablan de alguien que puede ganar o perder o las dos cosas a la vez. Podría haberla escrito Leon Russell o Dr. John, y en ella la voz de Nacho Para se arrastra, susurra, se levanta, Paco del Cerro pinta cielos con el acordeón, y al final el piano de Carlos Campoy se pierde en el final de la noche. Es la belleza que se nutre de verdad y honestidad, y que impregna todo el disco.

(Recomendado por Juan J. Vicedo)

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/20Dep0s3xTc

Dreams and Certainties

MOSES RUBIN. 2022.

 ¿Qué estoy haciendo ahora? La pregunta que abre las puertas del reciente trabajo de Moses Rubin. “Dreams and Certainties”, recuerda a aquella otra – ¿Dónde estamos ahora? – con la que Bowie anticipaba su regreso en 2013. Son preguntas íntimas que al revelarse cobran un sentido amplio, enlazan a quien escucha con un proceso de reflexión en el que puede verse reconocido. Rubin ataca la canción con sonido recio y paréntesis de ensueño, cuatro minutos de pasión en los que su guitarra se desboca y a la vez suena cantarina, un viaje sonoro en el que aparecen visiones de los años sesenta, espejismos de Cream, Hendrix, Lennon o Harrison que se desvanecen en el camino al reino de los sueños que es “Interlude”.

Con él entramos en ese espacio mágico, en el que el mensaje se hace uno con la música: la vida se renueva. Este es un disco de cambios pero no de rupturas, y en “Sunday” la voz de Rubin es esa vieja amiga, que nos guía por la canción como la arena de un reloj, como la cresta de la ola que rompe antes de llegar a la orilla. Ya la belleza no te abandona, viajas con la música en la senda hacia el futuro que empieza mañana (“You know the answer”), por cimas soleadas en las que los coros y la dulzura de la guitarra te reconfortan, y por valles de sombra donde la voz y las palabras te hacen presa en el alma. La suavidad acústica de “What we might forget” se ensambla con la melancolía del texto, pensamientos que se acompasan con el soplo fresco de la noche en que lo escucho. 

Y los solos, ah los solos, de esa guitarra tan suya: el niño de la portada se ha hecho mayor, ya no es joven – canta en “Me and my birds” – y espera que los sueños se cumplan, centro de gravedad que se identifica en la canción que le da nombre, y que podría ser una plegaria, personal y recogida, musicalmente armada sobre apenas nada, que es lo mismo que apenas todo: cielos azules y montañas, pasos que se vuelven sobre sí mismos. En este álbum de preguntas y respuestas, “Endless Conversation” es casi un estado de la mente, sutilmente sincopado y melódico como la propia canción, y el amor flota, motor silencioso de la vida; “My morning sun” aspira a ir contigo en cualquiera de tus horas, paseando por la ciudad, banda sonora que suene en tu interior mientras esperas la luz verde, y escuchas ese par de versos que dicen “I know the morning sun will find me / Someday walking around town”; y “Running far behind” es chispeante como lo son las perlas del pop, regalos de alegría necesarios.

Moses Rubin ha mirado a su alrededor y ha visto cómo el tiempo se desvanece entre disfraces y vendedores de humo, y ha salido por la puerta de ese edificio en pos de la luz: “The Big Flaw” es su canto airado, una voz desacostumbrada que sin embargo es suya, rugido y látigo, acordes combativos, coros calientes, el bajo que puntea la superficie de la realidad, teclados en oleadas, la batería como muro de la protesta. Hay mucha música y músicos en este disco. Es imprescindible darse una pausa, como pide Rubin en “Berodia”, y escucharlo, y al hacerlo, escuchar también ese latido que estos tiempos, vanos, aciagos y venenosos, no conseguirán acallar. “It’s time to enjoy the ride”, verso que se desliza en la última canción, “Me and my birds”. Es tiempo de amar, de disfrutar el viaje.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/tV4qYSWPHu4

Si no puedes verlo pincha aquí https://youtu.be/qS-sJFGYt04

Move into the country

 OH BRO!  2022.

“Move into the country”, primer disco de Oh Bro!, banda formada por músicos veteranos de la escena murciana, se abre con “Hello”, saludo de bienvenida que parece una despedida y que te lleva al campo, al reino de la música country. Es solo un anuncio de que los buenos tiempos volverán, el breve preludio que se va antes de empezar y entonces ya no estás en América, lo que oyes se gesta en la otra orilla del Atlántico, es pop anglosajón, es la invasión británica, son armonías coloreadas, es, nena, lo que me gusta de ti, “What I like about you”, y una canción así solo puede terminar con las palabras rituales: yeah, yeah. Carlos Bañón, que da el tipo de granjero de Arkansas, es capaz de sintonizar nuestros espíritus con las radios piratas que emitían en Inglaterra en los años 60. El viaje de ida y vuelta a los Estados Unidos se hace con sonidos de violín, acercándonos a la frontera de Texas, valle abajo, donde Dylan nos dejó y The Long Ryders nos recogieron hace ya décadas, y esto que escuchas sigue siendo pop, “Lean on me”, con la firma de Pito Hervás, pero no viene de ningún transistor sino que se escucha tras las puertas de las cabañas. Es hora ya de cruzar la línea y “To cross that line” es decididamente sonido de granja, fiesta campera, bourbon y dobro, el sentido de hacer lo que debes hacer, no importa si está bien o mal, está escrito en ese verso para corear, “it doesn’t care what’s right or wrong”, para bailar mientras lo cantas. Con “Another chance”, de Carlos Vudú, la música se ensucia de grasa, avanza como un tren de mercancías por viejos raíles, Raúl García le marca el ritmo con los tambores, los grandes espacios se achican, te adentras en desfiladeros sin luz, y cuando sales a cielo abierto es ya otra historia la que se cuenta, “Suzie come home”, y Suzie no está, la canción llora crepúsculo y soledad, lágrimas de lap steel, un arco de violín que te lleva en la dirección de ese sentimiento que haces tuyo. Una pausa, la justa para darle la vuelta al disco y quedarte en el país inacabable. “Move into the country” es Woodstock al atardecer, ese año, ese siglo y esa vibración, es el ritmo que une a los músicos con quienes les escuchan, la voz que te urge a estar ahí, los coros que lo refrendan, una canción que es un lugar a donde ir, donde quiera que esté ese lugar. “Rain comes down my head”, con la melodía que emerge de ella, te va a mojar como la lluvia, y hay coros que son gotas que te salpican, y hay guitarras que tienen los sonidos de la pradera, voces que son belleza. Ya no hay regreso posible, “Feel like an angel” es música que te arrastra por la noche, que baila entre las nubes, voces que se pisan y un violín, el de Irene Cano, que las pastorea. Pides más, y “Keep your blues away” es esa canción que nunca esperas si no es de músicos del viejo Sur, pero estos, Oh Bro!, son de Murcia, y da igual, son honestos, son sureños. Ya la aguja busca el centro del disco y “You were my water” es cantarle al amor en torno al fuego, es el lecho acústico del río, las voces desnudas en la corriente del agua. “Goodbye”, que retoma la música del saludo inicial, no es un adiós, es la promesa del regreso, la despedida desde el otro lado de la frontera. Ellos la han cruzado, pero tú no lo sabrás si no escuchas sus canciones. “Move into the country” es un disco que ha crecido entre espigas y vientos, y llega hasta nosotros abriéndose paso en la calima, un regalo de luz inesperado. Búscalo, no cejes, lo auténtico no tiene precio.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

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20th Century

 FERNANDO RUBIO. 2022.

No es tiempo de pensar, el final está cerca. Así empieza el tercer disco de Fernando Rubio, engendrado en tiempos difíciles para todos y también para él. Si no te fijas en la letra, la descarga chispeante y fresca que abre el cancionero te invita a sentirte bien. Quizá no puede ser de otro modo, si tú también crees en el poder salvífico de la música, si sientes que los males que te acechan y la oscuridad que te rodea son solo sombras que la luz de un acorde puede apartar de ti. “It won’t take too long” abre una ventana al espíritu y el espíritu entra por ella. Es el principio de un viaje maravilloso en la voz de Fernando Rubio y en la comunión con su guitarra, de la que extrae temblores eléctricos que cruzan por todas las canciones, que te arrancan un estremecimiento íntimo en “Let it Out”, en “Ole Hostel Inn”. Su voz siempre templada y extrañamente cálida, ese discurrir tan suyo como viento en las velas, crea momentos de dulce melancolía. Rubio nos pasea por un escenario en el que la nostalgia es un recurso para embellecer el presente, para construir un futuro en el que solo importa cada día en que estás vivo, y es bueno ver que esa persona que te importa está ahí, que la carrera la corres porque ella la corre también, mensaje incontestable que “Same Race” encierra en una burbuja delicada de destellos acústicos. La vida es un blues y la compasión por uno mismo es también gasolina para que el motor siga en marcha: “Self-Pity” está ahí para recordarlo, con su lenta cadencia y la voz que parece nacer del desierto, con la armónica que borra con fuego los teclados que te han hecho entornar los ojos, olvidarte a ti mismo y sentir. Fernando Rubio sorprende abriendo puertas que no esperas, se sube a un tren de película con Cary Grant y Eva Marie Saint, te cuenta el argumento con la misma naturalidad con que te hablaría del último día de playa y el agua salada en la piel, y en ese “20th Century” en el que ellos viajaron, nos lleva hacia ningún lugar, hacia todos los lugares. El tiempo corre y las palabras que una vez fueron reveladoras ahora están colmadas de vacío: es “Wondering Aloud”, el ejercicio de preguntarse en voz alta en el que, cerca del final, el disco explota en colores, se vuelve deliciosamente pop por última vez, antes de cerrarse con el sol que se pone tras las colinas. “Behind the Hills” es la constatación de la realidad, la música que acompaña el preludio del sueño. Busca y encuentra Rubio en lo cotidiano la razón para seguir adelante, rodeado de los amigos que discretamente le arropan en el disco, pintando coros, ritmos y melodías en un disco personal y rebosante de vitalidad, impregnado de belleza y de la sabiduría del camino.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


Si no puedes ver el video, pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=YcI5gU1aX4g

Formula H

 PAUL ZINNARD. 2022.

Dice Carlos Oliver, la persona detrás del alias que es Paul Zinnard, que a veces un músico cree haber encontrado la fórmula, la piedra filosofal, y con ella crea un disco, del que descontento no tardará en renegar, y al que seguirá una nueva fórmula, esta definitiva, y un nuevo disco. Y así una y otra vez. Formula H, visto de ese modo, es el octavo intento, la octava letra del abecedario. Pero en realidad nada ha cambiado en lo esencial, solo los matices son distintos, del mismo modo que cada puesta de sol es diferente pero en todas ellas el sol se pone por el Oeste. Paul Zinnard, y esto es lo que importa, con su “Formula H” nos entrega una vez más un disco imprescindible, sobre el que no hay necesidad de discutir ni argumentar, una colección de canciones impecable que entra en tu casa para quedarse. Canciones que se refrescan en el piano y vibran con la guitarra como la cuerda de un arco en el instante en que dispara la flecha, melodías luminosas sobre las que frasea la voz de Zinnard, una voz que se mueve en “What is wrong with you Young man” como el dedo en la arena de la playa. Es un disco vital, en el que el motor está en marcha y la música rueda por la carretera desde el primer compás de “Everything was on fire”, mirada a un tiempo en que lo mejor estaba llegando, en el que el rock reemplazaba al jazz y libertad y guerra eran conceptos confusos, un tiempo que tal vez ya nunca vuelva, metáfora de vivencias, territorio en el que hay sitio para historias personales (“There was a time when I was your man”, canta). Carlos Oliver es un narrador que alimenta sus canciones de personajes que hablan en primera persona, en los que -como un día dijo Dylan- está él pero no son él. Nos cuenta historias eternas y repetidas, las del amor y el desamor, la pérdida y el recuerdo, la melancolía y la esperanza, la búsqueda de un lugar en el mundo, momentos de introspección que son reales cuando nacen de su voz, una voz que te deja el gusto de la pimienta en un bloody mary, y que se hermana de improviso con coros como los de “Someone like me”, desdoblamiento de puntos de vista que realmente son uno porque las dos voces dicen lo mismo: “because you might love / someone like me”. Es “Formula H” un disco que nos llega cuando todo en nuestras vidas ha cambiado en solo dos años y no acertamos a definir el tiempo en el que vivimos, y sin embargo Paul Zinnard suena si cabe un punto más fresco, con un colorido pop más perceptible, capaz de hacernos volar como él vuela cantando “You make me wanna fly”, un single rotundo, en el que la verdad se expresa inapelable: “when I look in your eyes / I get music in my ears”. “Formula H” es también un disco que, a la vez que pisa el acelerador, deja espacio a la diversidad de emociones y de estados de ánimo, en el que hay lugar para la pausa de “Smoke” y para constatar en “The Burning Land” que no hay carreteras en la tierra quemada, una canción que recorre ese viejo camino de ida y vuelta entre Dylan y Knopfler en el que Zinnard se adentra. Es un disco en el que la realidad parece imponerse al final, en el sonido más oscuro de “Bumps on the Avenue”, una letra magistral con advertencias de resonancias casi bíblicas que puedes hacer tuyas si quieres: “you better look out for the man / with a nugget in his hand … you better look out for the girl / with the money in her shoe”.

 Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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Crowded House, Noches del Botánico 2022

 Juan J. Vicedo estuvo allí

WORLD WHERE YOU LIVE. Madrid, 3 julio, 2022.

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/gckzk2NkiEw

BETTER BE HOME SOON. Madrid, 3 julio, 2022.

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/VKla3LshzYo


Solo sings Simon

PABLO SOLO. 2021.


Cuenta la historia, demasiado hermosa para ser realidad, que un joven músico español más desconocido que conocido, enclaustrado por el cierre planetario del año 2020, escribió a un anciano músico estadounidense y le preguntó sobre el significado de una canción suya de hace medio siglo. Quería grabar una versión de ella. Las hemerotecas registran, con ligeras variaciones, cómo Pablo Fernández y el octogenario John Simon se cruzan mensajes que contienen música, antiguas canciones de Simon que se van transformando en la mente de Pablo. Solos ellos dos, porque Pablo ha borrado su apellido y se hace llamar Pablo Solo. Pablo hace música a solas. De esas soledades y esa amistad epistolar nace un disco de una belleza que estremece, nueve canciones que caminan por un sendero musical en el que la luz brota en cada melodía, en el que el ritmo de la vida se hace uno con el canon de gozo que penetra oleadas de sonido y de silencio, percusiones que despiertan corazones, guitarras que entrelazan tu cintura para arrancarte a una danza callejera inesperada, voces que son una voz y son muchas, una lágrima que tiembla en la cuerda del bajo, un piano que te recuerda tantas cosas, que te lleva a una época ya antigua, feliz y desdichada a la vez, en la que la música nos hizo ver el mundo y vernos a nosotros mismos.

Hay ecos de todo eso en este álbum memorable, que empezó a tomar forma en algún inexplorado lugar del universo en los años en que Simon ayudaba a The Band a alumbrar “Music from Big Pink” o componía “Tannenbaum”, la misteriosa canción que le conectó tanto tiempo después con este muchacho cántabro que miraba desde su ventana las calles de Madrid. Desde el irresistible comienzo con “Two Ways of Lookin’ at the Same Thing” al chispeante final con “Can’t Get Enough of You” hay un tratado completo de fe y un testimonio emocionante de cómo la música cruza espacios, cose tiempos y generaciones, tiende puentes sobre los abismos que nos acechan. Está en la incontenible desmesura de “Open Up Summertime”, caballo lanzado hacia adelante en el que Pablo Solo galopa más allá del horizonte. Está en ”Irresistible”, en donde el piano y la voz de John Simon son al mismo tiempo pasado y presente. Presente y futuro. Cuenta la leyenda que un día Pablo Fernández quiso saber el significado de “Tannenbaum”, una canción de 1970, y le preguntó a su autor. 

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)



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Paul Zinnard en Madrid Sonora

 Juan J. Vicedo estuvo allí

Paul Zinnard. Into your room.
Madrid Sonora. Sala Moby Dick. 29 enero, 2022.


Sentimental Jamboree

HANK IDORY. 2021.

Cuando alguien se presenta en público como Hank Idory, imaginas que se trata de uno de los incontables hijos de Bowie. Y no, no lo encuentras: por mucho que Bowie pasara por tantas fases en su carrera, en ninguna de ellas se sitúa Hank Idory. Simplemente sucede que Juancho Alegrete, madrileño trasplantado a Valencia que adora a Bowie, le ha hecho un guiño con su nombre artístico. Sentimental Jamboree es un destilado de música preciosa y preciosista, canciones que en su llegada se anuncian engañosamente fáciles y en su disfrute se adornan de matices y reflejos, un hermoso acercamiento a melodías que surgen del polvo de décadas, de aquellos llamados “conjuntos músico-vocales” que salpicaron de brillante colorido la España en blanco y negro en la que algunos nacimos y crecimos. Escuchar “Un rayo de sol” es regresar a ese tiempo en que la música pop abrió los velos de la Historia y nos dijo que había un mundo mejor. 

Alegrete escribe letras que nos hablan de los días que se fueron, de las emociones que se perdieron, de melancolía y de intenciones. Que nos hablan del sol y de las olas. Hay también un horizonte que no es el de la Malvarrosa, una línea de playa que se dibuja con voces y cadencias que vienen de otras tierras, hay un sabor a bossa nova que se cuela por las rendijas y hace que cuando escuchas “La Costa Azul” no pienses en Niza. Hay un espacio poblado de teclados, violines y trompetas que aflora en piezas como “Carrousel” para transportarte a ese día en que saldrás a bailar cuando todo haya acabado. Hay un gusto por los acabados, por las transiciones, por el delicado modo en que la voz recorre la melodía, por la sonoridad de las doce cuerdas, por todo aquello que embellece la canción sin que pese, sin que deje de ser esa leve invitación a bañarte en sus aguas. Hank Idory, lo descubres al final, tiene un vínculo con Bowie, el más importante: el gusto exquisito que le lleva a buscar la belleza, a iluminar una obra que se mira en el espejo de la perfección imposible y sostiene la mirada.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

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Big Little Town

 THE FLAMINGOS BITE. 2022.

Hasta hace solo una semana no había escuchado nunca “Mourning”, la canción que abre el reciente Big Little Town, y sin embargo tengo la impresión de que no es cierto, que llevo años escuchándola, que hay partes de mi vida que están asociadas a ella. Es su luminosidad, sus armonías, sus guitarras que se doblan, ese arraigo en la música de toda una generación, para la que el horizonte es el final de una carretera y el sol nunca se pone en el interior de los bares. Sí, hay una etiqueta que define esas canciones y estos chicos de Madrid la llevan puesta como si vinieran de Laurel Canyon o de las Twin Cities. Versátiles sin perder nunca la brújula, tienden puentes desde las melodías excelsas y las voces de David Aldave y Carlos Gómez hasta arrebatos de música poderosa en los que sus guitarras se buscan y el bajo de Carlos Santos llama insistente a la puerta de la noche y la batería de Guille Molina empuja las paredes de tu habitación. 

Escucha “Big Little Town” y sabrás que esa descarga de energía rockera solo busca una cosa, que disfrutemos: Cindy lo dijo hace ya tiempo y ellos le hacen caso. Cindy es alguien a quien mencionan en uno de los versos. The Flamingos Bite nos cuentan historias y en ellas entran y salen personajes que les dan vida: Alice y Carlos, Yuri, Nono y Lucy son algunos de los que pueblan una pieza sublime, “North Bridge”, que coge vuelo desde algún lugar en la mente que tiene el color de Escocia y acaba entrelazado con pasajes sutiles que nacen en la voz del invitado inesperado, Ken Stringfellow, intimista y siempre en la frontera del asombro. Hay momentos de goce sereno que invitan a cerrar los ojos: “Daniela” es uno de ellos, y arde lentamente como un leño en el fuego mientras suena la lap steel y los coros se mecen con la canción. Junior Mackenzie, compañero de músicas, anda por ahí con ellos en esa canción. Otro de esos espacios que se revelan imprescindibles es “Demons”, revisión acústica de su single de 2018, en el que la visión de los demonios interiores es una grieta invisible por donde se cuelan el piano y la mandolina. Big Little Town entra con facilidad, esparce por tu casa sus melodías, te deja ir descubriendo sus pliegues en cada escucha, se hace adictivo, chispea en “Nightcrawler” y su estribillo saltarín, corre veloz en “Roads”, visita con acierto y chulería a los Beatles en “Two of Us”, te da en su discurrir lo que quieres escuchar, lo que te alimenta, y eso mismo que estás buscando es precisamente lo que The Flamingos Bite quieren tocar para ti.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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