FERNANDO RUBIO. 2022.
No es tiempo de pensar, el final está cerca. Así empieza el tercer disco
de Fernando Rubio, engendrado en tiempos difíciles para todos y también para
él. Si no te fijas en la letra, la descarga chispeante y fresca que abre el
cancionero te invita a sentirte bien. Quizá no puede ser de otro modo, si tú
también crees en el poder salvífico de la música, si sientes que los males que
te acechan y la oscuridad que te rodea son solo sombras que la luz de un acorde
puede apartar de ti. “It won’t take too long” abre una ventana al espíritu y el
espíritu entra por ella. Es el principio de un viaje maravilloso en la voz de
Fernando Rubio y en la comunión con su guitarra, de la que extrae temblores
eléctricos que cruzan por todas las canciones, que te arrancan un
estremecimiento íntimo en “Let it Out”, en “Ole Hostel Inn”. Su voz siempre
templada y extrañamente cálida, ese discurrir tan suyo como viento en las
velas, crea momentos de dulce melancolía. Rubio nos pasea por un escenario en
el que la nostalgia es un recurso para embellecer el presente, para construir
un futuro en el que solo importa cada día en que estás vivo, y es bueno ver que
esa persona que te importa está ahí, que la carrera la corres porque ella la
corre también, mensaje incontestable que “Same Race” encierra en una burbuja
delicada de destellos acústicos. La vida es un blues y la compasión por uno
mismo es también gasolina para que el motor siga en marcha: “Self-Pity” está
ahí para recordarlo, con su lenta cadencia y la voz que parece nacer del
desierto, con la armónica que borra con fuego los teclados que te han hecho
entornar los ojos, olvidarte a ti mismo y sentir. Fernando Rubio sorprende
abriendo puertas que no esperas, se sube a un tren de película con Cary Grant y
Eva Marie Saint, te cuenta el argumento con la misma naturalidad con que te
hablaría del último día de playa y el agua salada en la piel, y en ese “20th
Century” en el que ellos viajaron, nos lleva hacia ningún lugar, hacia todos
los lugares. El tiempo corre y las palabras que una vez fueron reveladoras
ahora están colmadas de vacío: es “Wondering Aloud”, el ejercicio de
preguntarse en voz alta en el que, cerca del final, el disco explota en
colores, se vuelve deliciosamente pop por última vez, antes de cerrarse con el
sol que se pone tras las colinas. “Behind the Hills” es la constatación de la
realidad, la música que acompaña el preludio del sueño. Busca y encuentra Rubio
en lo cotidiano la razón para seguir adelante, rodeado de los amigos que
discretamente le arropan en el disco, pintando coros, ritmos y melodías en un
disco personal y rebosante de vitalidad, impregnado de belleza y de la
sabiduría del camino.

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