No parking tickets in the clouds

 NACHO PARA. 2022.

Dicen que existe un algoritmo que conecta la música con tu cerebro y te hace su esclavo. Es música que no se crea ni se destruye, se fabrica. Existe también otra música, un sutil destilado alquímico que nace en el alma y busca su lugar en otras almas. Las canciones de Nacho Para albergan ese secreto y “No Parking Tickets in the Clouds” es un cofre para el que cada quien tiene su llave, la que le lleva al corazón de la poesía que se escribe con acordes. No oculta Nacho Para sus querencias, nunca lo ha hecho, y ya en la primera estrofa de la primera canción Harrison y Dylan se funden en uno solo, veinte segundos nada más que son el puente hacia sí mismo, porque si hay alguien reconocible en esta colección exquisita no es sino el propio músico que las firma.

Viene este disco de tiempos difíciles, los que encarcelaron nuestras vidas durante dos largos años, y necesariamente es crepuscular. No puedo escribir otra canción, se confiesa en “Only Seen My Face”, pieza de apertura envuelta en sonidos a flor de piel, un lienzo para el dobro, el ukelele, la armónica y el pedal steel, donde los teclados y los coros te llevan a una salida: soñé que te oía llamar y encontré fuerzas para abrirte. Empieza así un camino que te conducirá a esas nubes de “Hurry Up” en las que no existen parquímetros o, en el aburrido lenguaje actual, zonas de aparcamiento regulado. Nacho Para canta canciones junto al fuego, y en “Leaving You My Soul” hay violines que te hacen estar en los lugares a los que pertenece el alma, y en “In the Afternoon” es la propia canción la que camina hacia el horizonte, como el preso que siente el aire caliente en su primer día de libertad, y escuchas una mandolina que es el atardecer y un banjo que es la carretera polvorienta. Son canciones de frontera, como “Move Around”, en donde la soledad se siente, y “Great Creation”, en la que la armónica abre el mundo entero y lo cierra, un sonido que evoca las praderas que nos hizo ver Neil Young, y la voz de Nacho Para y los coros de Paco del Cerro te llevan a algún lejano lugar dentro de ti, y la slide de Fernando Rubio es el agua que necesitas para el viaje en una canción que nunca se va, que se hace infinita en poco más de cinco minutos. 

Hay en el disco canciones desnudas, como “Rain or Shine”, interpretada en solitario, en la que Nacho Para pasea su voz por una melodía cosida con la levedad de los destellos, por una música que está en el aire y es su amiga. Es la fotografía del interior de la carpeta hecha canción: descalzo en casa, con su guitarra. En “Ain’t Got No Time”, a solas con Paco del Cerro, aparece el espíritu de los sesenta, el perdido sueño californiano, expresado en un verso de despedida, que es una invitación también: I’m leaving for the country, so are you. Y hay también canciones en las que la huella de Bantastic Fand, la banda de Nacho Para y de muchos de los amigos que le acompañan en el disco, se deja ver vestida de domingo, con trompetas y trombones: “Drivin’ North”, en la que las luces de ciudad encierran la mística de marchar lejos de casa, ir, verlo todo, volver, hacerlo sonar, remolino de confusión del que emerge el color de la música, como ya hizo Dylan en 1966. O “Into the Light”, con ecos de Van Morrison, en el que Chencho Vilar labra surcos sutiles con el bajo, y la guitarra eléctrica de Iván Estefanía lleva de la oscuridad a la luz y hace el camino de regreso, porque este es un disco de contradicciones en el que no estás seguro de que nada conduzca a la luz, salvo la música.

Por eso, porque se trata de encontrar la dirección en tiempos confusos, “Fog in the Air”, escondida en lo que sería la cara B de un vinilo, es quizá la canción clave para entender el conjunto, una balada a dos voces con Paloma del Cerro, cuya voz es una veladura que te reconforta, y que es la música de los momentos en que solo la música te salva. No lejos de ella, cuando ya el disco se dirige hacia el final, “Rowdy Boy” es la joya que recoges con manos temblorosas, hermana de tantas canciones que nos hablan de alguien que puede ganar o perder o las dos cosas a la vez. Podría haberla escrito Leon Russell o Dr. John, y en ella la voz de Nacho Para se arrastra, susurra, se levanta, Paco del Cerro pinta cielos con el acordeón, y al final el piano de Carlos Campoy se pierde en el final de la noche. Es la belleza que se nutre de verdad y honestidad, y que impregna todo el disco.

(Recomendado por Juan J. Vicedo)

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/20Dep0s3xTc

Dreams and Certainties

MOSES RUBIN. 2022.

 ¿Qué estoy haciendo ahora? La pregunta que abre las puertas del reciente trabajo de Moses Rubin. “Dreams and Certainties”, recuerda a aquella otra – ¿Dónde estamos ahora? – con la que Bowie anticipaba su regreso en 2013. Son preguntas íntimas que al revelarse cobran un sentido amplio, enlazan a quien escucha con un proceso de reflexión en el que puede verse reconocido. Rubin ataca la canción con sonido recio y paréntesis de ensueño, cuatro minutos de pasión en los que su guitarra se desboca y a la vez suena cantarina, un viaje sonoro en el que aparecen visiones de los años sesenta, espejismos de Cream, Hendrix, Lennon o Harrison que se desvanecen en el camino al reino de los sueños que es “Interlude”.

Con él entramos en ese espacio mágico, en el que el mensaje se hace uno con la música: la vida se renueva. Este es un disco de cambios pero no de rupturas, y en “Sunday” la voz de Rubin es esa vieja amiga, que nos guía por la canción como la arena de un reloj, como la cresta de la ola que rompe antes de llegar a la orilla. Ya la belleza no te abandona, viajas con la música en la senda hacia el futuro que empieza mañana (“You know the answer”), por cimas soleadas en las que los coros y la dulzura de la guitarra te reconfortan, y por valles de sombra donde la voz y las palabras te hacen presa en el alma. La suavidad acústica de “What we might forget” se ensambla con la melancolía del texto, pensamientos que se acompasan con el soplo fresco de la noche en que lo escucho. 

Y los solos, ah los solos, de esa guitarra tan suya: el niño de la portada se ha hecho mayor, ya no es joven – canta en “Me and my birds” – y espera que los sueños se cumplan, centro de gravedad que se identifica en la canción que le da nombre, y que podría ser una plegaria, personal y recogida, musicalmente armada sobre apenas nada, que es lo mismo que apenas todo: cielos azules y montañas, pasos que se vuelven sobre sí mismos. En este álbum de preguntas y respuestas, “Endless Conversation” es casi un estado de la mente, sutilmente sincopado y melódico como la propia canción, y el amor flota, motor silencioso de la vida; “My morning sun” aspira a ir contigo en cualquiera de tus horas, paseando por la ciudad, banda sonora que suene en tu interior mientras esperas la luz verde, y escuchas ese par de versos que dicen “I know the morning sun will find me / Someday walking around town”; y “Running far behind” es chispeante como lo son las perlas del pop, regalos de alegría necesarios.

Moses Rubin ha mirado a su alrededor y ha visto cómo el tiempo se desvanece entre disfraces y vendedores de humo, y ha salido por la puerta de ese edificio en pos de la luz: “The Big Flaw” es su canto airado, una voz desacostumbrada que sin embargo es suya, rugido y látigo, acordes combativos, coros calientes, el bajo que puntea la superficie de la realidad, teclados en oleadas, la batería como muro de la protesta. Hay mucha música y músicos en este disco. Es imprescindible darse una pausa, como pide Rubin en “Berodia”, y escucharlo, y al hacerlo, escuchar también ese latido que estos tiempos, vanos, aciagos y venenosos, no conseguirán acallar. “It’s time to enjoy the ride”, verso que se desliza en la última canción, “Me and my birds”. Es tiempo de amar, de disfrutar el viaje.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes ver el video pincha el enlace https://youtu.be/tV4qYSWPHu4

Si no puedes verlo pincha aquí https://youtu.be/qS-sJFGYt04