Bloody Black Soul. Final de un concierto muy especial en la huerta de Elda-Petrer.
Juan J. Vicedo estuvo allí.
Si no ves el video pincha el enlace https://youtu.be/dSOCqJB7gHg
Bloody Black Soul. Final de un concierto muy especial en la huerta de Elda-Petrer.
Juan J. Vicedo estuvo allí.
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Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
La fecha del 14 de marzo de 2020 cambió el mundo. Esa noche la banda ilicitana Aardvark Asteroid había programado en una sala de Alicante el concierto de presentación de su nuevo disco “SLICES OF LIFE”. Esa misma tarde se nos anunció la inauguración de una etapa de confinamiento, miedo, mentiras y dictadura sanitaria. El concierto nunca se celebró, y el disco quedó en el olvido. Tres años después el virus que sirvió como excusa ha desaparecido, y aunque nadie sabe por qué es obligatorio entrar con mascarilla en las farmacias, seguimos aquí. Aardvark Asteroid nos traen rebanadas de vida en su disco, que por fin ve la luz. Es un testigo de cómo era el mundo antes de 2020, nos habla de lo que fuimos en el momento en el que todavía lo éramos, y lo hace a ritmo de refrescante electro-pop con anclaje descarado en la última década del siglo XX. Es todo lo ‘british’ que le transmite su frontman, James Hughes, un tipo que desde el levante español es capaz de generar oleadas de indie anglosajón rescatadas de un lejano pasado al que se agradece volver en lo musical.
“Seven years” abre la colección con aire britpop, bailona y desenfadada, y enlaza con “A Very English Affair”, que podría ser una canción de Pulp en la que Hughes se mira de reojo en el espejo de Jarvis Cocker. Para hablar de Brexit, que de eso se trata. Al empezar 2020 ese era el asunto que nos tenía entretenidos, ¿alguien recuerda a Boris Johnson? Qué viejos nos estamos haciendo y qué rápidamente. “Back to 80’s”, con texturas anfetamínicas y melodías perezosas, va de mirar hacia atrás y pensar que el tiempo pasado fue mejor, y “November” de envejecer, el otoño, esas cosas. La tensión entre ritmo y melodía se percibe a lo largo del disco, fruto de la confrontación a la hora de componer entre la decantación rockera del guitarrista Albert Oliva y la pulsión pop de James Hughes. Una tensión muy bien resuelta que niega la máxima de que el equilibrio es imposible, que fue mantra del aburrido hípster-pop español. No, el equilibrio no solo es posible sino que acepta gotas de funky salpicadas aquí y allá: escúchalas aparecer en “Joyless”. “Paranoid Asteroid” es tal vez el ejemplo de asimilación de influencias más depurado y singular, con ecos que llegan hasta los años ochenta. La canción que titula el disco, “Slices of life”, se quiere peleona en la base rítmica a la vez que se desliza y juega en las grietas por las que se cuelan los patrones repetitivos que programa Salva Ispierto. La presencia sutil de las programaciones nunca se impone, busca su espacio a la sombra del bajo y la batería, y todo encaja. Una tras otra, las canciones te piden que las escuches y las bailes. Historias cotidianas en los textos, cortadas de la vida misma. Es un disco que se ha hecho esperar. Que ya podamos disfrutarlo es una buena noticia.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
Y hoy que tú no estás se hundirán / mis secretos y mis miedos en el mar.
Con este minimalista “Vals Inicial” entramos en una suite sonora deslumbrante,
obra y gracia del artista antes llamado Salto. “Solo el tiempo”, la pieza que
sigue, es una deslumbrante obra maestra, un prodigio de música que se abre
camino con facilidad, una letra que cautiva, una voz que está cosida a la
canción, una instrumentación calculada y sutil. La guitarra acústica te abre la
puerta y te guía, el bajo se solapa con ella, mientras en la voz de Germán
Salto te llegan verdades sobre el miedo y el dolor. La batería espera su
momento y se une, y a mitad del camino pide paso una guitarra eléctrica que se
esconde entre violines, y te das cuenta de que ya no estás donde estabas, que
la música es la misma y no lo es, y paseas por un jardín rebosante de luz. Solo el tiempo puede devolverte el valor /
el color / el calor. El pasmo continúa cuando suena “Nada que hacer”, en la
que el piano destella y la voz acaricia la melodía, se revela sinuosa y dulce
al tiempo que va desgranando una historia sin salida aparente, versos sin
alambique, cercanos al corazón, y al final la salida existe, es un solo de
guitarra furioso. “Arder, humo y desaparecer” es el primer aviso de que este
disco no conoce límites, que se va a ir adentrando en un espacio de arreglos
orquestales y armonías colmado de sorpresas. Es una pieza delicada y exquisita,
y el sabor que deja al escucharla queda arrasado por “Cuando no tenías sed”,
directa y al rostro, empujándote para que te sumes al coro de voces del
estribillo. Germán Salto es capaz de una cosa y de otra, porque donde la
anterior es energía, “No” es pura belleza, y es también gusto y es memoria,
mirada a un género melódico con el que los que ya no somos niños acunamos
nuestra infancia. Una tras otra, las canciones van dejando su perfume, y en
“Ciudad Invierno” sientes el frío, anticipas el final de esa historia de algo
que pudo ser amor. Tal vez pasó que me
olvidé de mirar / También pudiera ser que te olvidases tú / Te olvidaste tú.
Los primeros versos están dichos en voz baja. Después una trompeta da paso a un
estallido de voces que certifican el final del amor, lo que nadie va a salvar
ya, y en ese torbellino de palabras que vienen y van como olas, la canción y el
disco mismo crecen, y en su subida a lo alto Germán Salto se despeña
revisitando a toda velocidad aquella iglesia abandonada en la que empezó a
contar su historia veinticinco minutos antes. Hay una orgía de violines que
conduce al “Vals Final”, que se debate entre la exquisita elegancia que
impregna toda la obra y la desmesura que se apodera de ella en el último
momento. Al final queda la voz, casi un susurro, precediendo al silencio. Te
quedas quieto, mudo, sin saber qué ha pasado, por qué ya es tan tarde si
todavía es tan pronto. Germán Salto te ha embrujado y no sabes salir del disco.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
“Marked Cards” es la pieza que
abre esta colección y Fernando Beiztegui juega ciertamente con cartas marcadas.
Da la impresión de que lleva en un bolsillo la baraja, descolorida y
desgastada, con la que un día muy lejano jugó John Mayall, la del blues blanco
nacido en los pubs de la somnolienta Inglaterra. Ha empezado la partida y
Beiztegui tiene cartas ganadoras, lo ha analizado todo con su panda, los
Hammond Lovers, y junto a ellos no puede perder. Las dispone en abanico y ahí
está “Tell me”, un monólogo de su guitarra en el que reconoces el color de un
tiempo sin fin, que empezó en otro siglo y perdura. He bebido lagos y océanos,
he comido polvo y TNT, ¿qué puedo hacer, nena? Canta Beiztegui y el soliloquio
se convierte en diálogo con la respuesta electrizante de la armónica del Oso,
Antonio Travé, que aparece desde la sombra del estudio de grabación. El piano
de Alex Serrano se escucha en la esquina de la siguiente carta, “Double
Crossing”, y la música parece venir de alguna parte en el Cinturón de la
Biblia, un garito en el que el bourbon y el humo dan relieve a historias de
perdedores y adulterios. Serrano ha escrito está canción, que abruptamente da
paso a “Please Come Back Home” y el invierno y la noche aprisionan un corazón
abandonado. Suena como cuando Ava dejó a Frankie, como la tenue voz en el
silencio de las primeras horas de la mañana. Escucharla te da frío, te sientes
solo, quieres una copa y abrazarte a alguien. Beiztegui y los Hammond Lovers
han usado el comodín, la carta que liga todas las jugadas. El as de tréboles
está justo al lado y tiene escritas en el margen las palabras “Don’t Let It
Down”. Dani Levy al bajo, Cote Calmet a la batería. Escúchalos. Tiene groovie,
es funkie, te levanta de la silla, te hace bailar una secreta danza, pedirle a
la Reina Mousette que te deje entrar en su reino vudú. Esta mano va servida. O
no. Quieres ver más, hay otras cartas en el mazo. “It’s Game Over, Baby” se
llama la primera, y el piano y la guitarra se buscan y se encuentran a lo largo
de seis minutos. Otra carta. “You Mess with My Head”. Alex Serrano la ha
marcado. Es suya. Con ella vuelves a las islas británicas, solo para darte
cuenta de que no importa dónde estés, es música más negra que el chocolate, que
el alquitrán, que el rostro de un dios ancestral que sopló sobre los
pentagramas. “Cold, Cold Grave”, la última carta, la rendición. Has apostado
todo a este disco y has ganado.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
Baby Scream es el paraguas que
abre Juan Pablo Mazzola cuando la lluvia arrecia y no encuentra cobijo.
Mientras el agua corre junto a las aceras, sus canciones ponen banda sonora a
las conversaciones del músico consigo mismo, a reflexiones sobre soledades y
esperanzas que se difuminan. Es la voz de Mazzola el sonido de los sueños por
cumplir, y sin embargo en su languidez melódica hay algo escondido que te hace
sentir bien, como si vieras el sol que siempre sale. En la primera de las
canciones, “Castaway”, la guitarra suena como gotas de lluvia, persistentes,
ligeras, y solo al final el piano amplía el horizonte de la música, como si
tras el sueño fuese a emerger la realidad. No importa en que estudio se haya
grabado el disco, Mazzola canta en su habitación, o en la nuestra,
tranquilamente sentado sobre la alfombra de los días que pasan. Hay un reflejo
beatle en las ventanas de esa habitación. Mazzola apuesta por la naturalidad y
los arreglos están cuidados para que no se impongan, para que no estorben, y no
obstante hay momentos, como “Chillin’”, en los que los efectos sonoros aparecen
como un envoltorio transparente. Hay un aire de maqueta en todo esto que te
hace sentir cerca de las canciones, el mismo toque de baja resolución de la
carpeta, con fotografías veladas por el contraluz. Este no es un disco para
despertar, sino para soñar. “Castell de Pop”, con su desconcertante título, que
no es más que el nombre de una calle en Valencia, es un espejismo que te
hipnotiza, una nebulosa en la que puedes flotar indefinidamente.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)
ANTONIO ÁLVAREZ. 2022.
Escuchas un piano solo, una atmósfera
clásica, de tenue romanticismo, y los primeros versos: “para soñar…”. Es una invitación, te dices, al mismo tiempo que te
das cuenta de que esa canción, a la que se van sumando instrumentos, está
cosida a la realidad, al juego de vivir. Nada
es banal si hay una buena historia. Sospechas que en este disco de seis
canciones vas a encontrarlas, que aquí hay historias para escuchar. Dime que sí, en la hora de las brujas,
canta Antonio Álvarez y la canción se acelera, entran los coros, la voz juega
en la melodía. “Dónde”, que se va al pop y se viste con un solo de guitarra
luminoso, es como las otras cinco una canción de autor, de lo que antes
llamábamos cantautor hasta que la palabra se desgastó para ser sinónimo de
aburrimiento. Es el gusto por el verso y la introspección, por la música
elegante y sutil, lo que hermana a Álvarez con Lapido y con Antonio Vega, y con
muchas canciones de otro tiempo anterior al suyo. Ese estilo, fruto de una
búsqueda que viene de su precedente disco con apariencia de maqueta,
“Circular”, nos regala piezas como “Necesito aire”, que empieza a capela como
si Álvarez buscara ese aire, y cuando la banda entra notas que el aire está,
pero entonces él te dice que el mundo es frío si ella no está, y así una
canción de amor te lleva a un sentimiento que puedes casi tocar: “necesito verte paseando entre la gente”.
Y la ves, caminando, alejándose, y la música acaba lentamente, entrando en el
silencio. “Volveré” es una canción acelerada, urgente, en la que los versos se
siguen unos a otros, al galope. Tiene lo que tantas bandas de hípster-pop desprecian,
honestidad. Antonio Álvarez no llora ni pide compasión, compone con el corazón,
y cuando canta “y nadie va a pedirnos
cuentas” no hay desafío egocéntrico sino verdad. “Libre asociación de
ideas”, que da título al disco, es una canción brillante, de poeta músico, jugando
con las palabras y las referencias culturales, burlándose de sí mismo cuando
habla de “esta mala canción”. Hace
muchos años Aute se atrevió a hacer lo mismo, qué me dices, cantautor de las narices. Álvarez es, con su
generación, hijo de muchas músicas, y en “Mi rock and roll” hay sabor a rumba y
a sur, a nuestro sur, hablando de ese rock personal con gotas de impostura,
fusión de influencias y culturas para seguir avanzando “en esta locura de vivir”. Acaba con “Callejones”, una canción muy
hermosa, que habla de sombras y luz, almas y huellas, de vida en fin. Lapido
anda en espíritu en su escritura también. La orquestación, siempre sutil, es
aquí una caricia que te acompaña al fondo de la canción. Los coros y la
armónica crean un espacio melancólico en el que “cae el telón y el decorado”. Pero “tú estás ahí, sigues ahí”, dice, y nosotros la vemos. Ese es el
hallazgo y el misterio de Antonio Álvarez, que te permite ver los lugares y las
personas que se mueven en ellos, a través de su música y sus versos. Solo seis
canciones le bastan.
Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)