JOY DIVISION. 1979.
De un tiempo, de un país, del final de los 70 y la Inglaterra que entraba por la pendiente del desencanto, cuando las formas de expresión del rock toman todas las direcciones posibles en una sociedad desconcertada, asoman por su lado más oscuro grupos como Bauhaus, The Cure, Siouxsie & The Banshees... Joy Division. En todos hay una figura carismática al frente: Peter Murphy, Robert Smith, Siouxsie Sioux, y en el caso de Joy Division el epiléptico, atormentado, depresivo y genial Ian Curtis, suicida precoz que se fue con 23 años, poco antes de que se publicara el segundo disco de la banda, "Closer", en 1980.
"Unknown pleasures" es un disco desasosegante y obsesivo y, con esa carta de presentación por delante, una obra a la que hay que volver de vez en cuando, dejarse enganchar en ella en cualquier día nublado, antes de ese momento en que la calle te acogerá oscura y lluviosa y hay unas cervezas esperándote en tu bar favorito. No hay nada más apropiado para ese día sin nombre que el bajo de Peter Hook, negro y profundo como la soledad y el desamparo, la guitarra febril de Bernard Sumner, la batería de Stephen Morris que suena como si estuviera perdida en tu memoria, la voz de Curtis que emerge de la niebla del alma.
"Disorder", "She's lost control", dos canciones inmortales del post-punk, abren cada una de las caras del disco como cuchillos que se hunden en la nada.
Recomendado por Juan J. Vicedo
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