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Antipink

 PAUL ZINNARD. 2026.


Confieso que con Paul Zinnard se me están agotando adjetivos, símiles, metáforas; los tópicos me acechan pero no los utilizaré. ¿Qué puedo decir entonces de este álbum? En solo dos días me ha robado el corazón, diría, pero no sé si queda cursi. Eso es Antipink: la vacuna contra el más malsano de los pecados artísticos, la cursilería. Una vacuna eficaz en tiempos de barbies, lalalands y cielos rosados. Paul Zinnard echa mano de lo que nunca le falla, la honestidad, y entrega ocho canciones urgentes, a caballo entre dos discos, el que no hace todavía un año que presentó y el que ya está cocinándose. Son canciones que ha ido filtrando en los últimos meses y que han aterrizado en esta colección. Es ahora cuando podemos ver el conjunto, la secuencia completa. “Affectionally Yours”, publicada inicialmente en 2020, abre Antipink en una nueva versión, furiosamente estoniana, en la que la voz se refugia en el fuego instrumental. ¿Acaso hay mejor manera que un rock directo a la boca del estómago para hablar de lo que te pasa con una chica? Posiblemente no, ni mejor forma de abrir esta declaración anticursi. Escuchen la voz negroide del final, que viene de un lugar muy hondo, de las entrañas de la canción. En Antipink caben muchas cosas, porque además se nota la mano de David Aldave y la presencia de Julio Gómez en el taburete. Está el Paul Zinnard reconocible, el que siempre fiel a si mismo se reformula en cada disco en busca de nuevos matices. Es el de “Go Wrong”, moviéndose en círculos que la guitarra eléctrica rompe para volverlos a cerrar, canción en la que el músico se reconoce a si mismo como outsider y nos advierte que nos mantengamos alejados de quienes nos consideran juiciosos, una posición que aparece también en otra canción arquetípica de Zinnard, “Everyone but Me”, guiada por el ritmo obsesivo y la voz que es como la arena fina de los relojes: I was on the other side, canta. Como ellas también “In the Long Run”, que podría estar en cualquiera de sus discos anteriores, y que nos apresa en sus armonías, nos adentra en ese largo camino que compartimos. Si fuera por estas cuatro estaríamos ante un excelente disco de Paul Zinnard, de esos en los que no hay canción menor, y esto no sería una novedad. Pero hay más, hay otras cuatro que llevan a preguntarse si con este manifiesto contra la cursilería Paul Zinnard ha igualado o incluso superado lo que parecía su cima, Amateurs in Yokohama, su obra de 2025 y uno de los mejores discos creados en España el año pasado. No lo diré, establecer comparaciones es arriesgado e inútil. Lo que sí diré es: Que “Somewhere” es una balada que parece provenir de un mundo que no es el nuestro, un espacio sonoro de inmensa belleza en el que las guitarras gimen y la canción crece, escala hasta las nubes mientras un piano jalona la subida, una canción escrita del revés, con palabras que se miran en un espejo deformante. Que “You Don’t Love Me”, construida con guitarras aceradas, es el ropaje rockero sin el que resulta imposible cantar cosas como I know you don’t want me anymore, una canción en la que resuena el viento helado y las palabras se ponen de rodillas. Que “Fairies and Romeos” es una apuesta indie de alto voltaje en el que la guitarra acústica te hace sonreír, te cosquillea el pecho, que tiene un estribillo festivalero para corear, y sí, ¿por qué no me cantas una canción de hadas y Romeos? Y que “A Cure for Love” es la fantasía de esta colección, con su batería omnipresente, con las rupturas melódicas, el recitado que nace de las grietas, el silbido del caminante, el crescendo guitarrero, la llegada del hombre a la Luna, la cura para el amor y el abrupto final: es joya inesperada, pop oscuro de máxima pureza. Ocho canciones perfectas y una pregunta que no necesita respuesta: ¿es este su mejor disco?

Paul Zinnard (voz, bajo, guitarra acústicas, teclados). David Aldave (guitarra eléctrica y coros). Patricia de Velasco (coros). Julio Gómez (batería, guitarra eléctrica, guitarra acústica). Guillermo Molina (batería y guitarra en “Fairies and Romeos”). 

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Amateurs in Yokohama

 PAUL ZINNARD. 2025.

Hay un lugar que no conoces en la portada de este disco. Te sientes inclinado a pensar que es Yokohama, porque crees que en este mundo las palabras se traducen en imágenes. Ese lugar no es Yokohama y además ya no existe, la penúltima guerra lo borró y solo es un hueco. Es una metáfora y Yokohama también lo es, es el sitio en el que nunca imaginarías a Paul Zinnard y su banda. No sabes nada de la realidad y te gusta creer lo contrario. Estas canciones indagan a su manera en la realidad, que siempre es otra diferente a la que pensábamos, realidades diferentes a las que conocemos. En nuestras vidas va quedando poco espacio para canciones así, fuera del mercado y el algoritmo y la precisión matemática. Paul Zinnard no busca la perfección porque sabe que no existe, se piensa a sí mismo como un músico aficionado, se rodea de quienes se sienten como él y sueñan con la música, y cuando entra en un estudio de grabación nos lega el pálpito de lo inexplicable. Lo ha hecho una vez más, y lo seguirá haciendo porque la búsqueda es irrenunciable, siempre hay un motivo para dudar en un cruce, cada día hay una calle por descubrir.

Amateurs en Yokohama. Paul Zinnard ha tomado otro camino para llegar al mismo lugar, ha elegido una paleta de colores distinta para este lienzo. Su sonido elegante está atravesado de guitarras. Las armonías pintan sutilmente los espacios que la voz dibuja. Hay una pulsión profunda que viene de lejos, de otras canciones y otros discos en los que ha plasmado su acercamiento al horizonte que siempre se aleja. David Aldave ha sumado su guitarra a la de Patricia de Velasco, contrarios que se complementan, equilibrio, agua y fuego. Los teclados de Mauro Mietta se vuelven sutiles, velados, presencia que no está presente, ausencia que no existe. Julio Gómez cierra las canciones, impide que se escapen, las vuelve hacia sí mismas para que brillen. Nada de esto sucede casualmente, surge cuando los espíritus se conjuran y alientan en los músicos, les hacen creer que no lo son, que son aficionados realizando sueños una mañana cualquiera en un lugar sin nombre, en Pozuelo, por ejemplo, o Yokohama. Decía Woody Guthrie que las canciones están en el aire para que alguien las capture, y Dylan sintió lo mismo. Las canciones son tan antiguas como la creación del mundo, nacen de ese soplo que vino de más allá de las estrellas, y alguien, mirando al techo de su habitación con los párpados entreabiertos, filtrando la luz que entra por la ventana en un piso de Malasaña las hace suyas. Es el instante del milagro, de la revelación. A lo largo de los meses van creciendo, se cargan de significado en horas compartidas en otra habitación al otro lado de Madrid. Los músicos, la intuición, el ensayo y el error y el acierto, la duda y la certeza, cuando falta algo, cuando ya se sabe qué, era verano y es primavera, la canción todavía imperfecta es ya la canción.

Son diez, las canciones. Cuentan historias. Hablan de lugares que están lejos de aquel en el que nacieron. Lugares, personas, ciudades que conocemos aunque no hayamos estado en ellas. Nueva York, Londres. Buenos Aires. El mundo está al alcance de la mano en una pantalla de cine o de televisión, el mundo reconocido en las canciones que se reconocen en una existencia pasada, en el tocadiscos de una mujer solitaria, en las emisoras de radio, en el hombre que canta en un tiempo lejano, en el que toca la guitarra en Brooklyn. Nadie habla de Madrid, pero nada se entiende sin sus calles, donde el espíritu se revela en un instante, un fogonazo. Revolotea como una polilla en una farola, la canción. Atraparla no es fácil, si no se tiene cuidado se convierte en polvo entre los dedos. Son canciones que hablan de amor, amores no confesados, amores sin compromiso, amores que sustituyen a otros que todavía duelen, amores que no tenían futuro. Amor y desamor, y sueños de amor y de riqueza, ensoñaciones y realidad, una imagen de vino y flores que no acaba de difuminarse, un sentido de pertenencia al bando de los que resisten con una sonrisa. Son canciones de salvación, atrapadas entre la melancolía y el horizonte, volando delicadamente en la neblina húmeda de la noche y los noctámbulos.

Lucky Man. La percusión como latido, el del hombre afortunado. Te preguntas quién canta, si es el cantante o la canción se canta a sí misma. Dos voces, el narrador, la segunda voz que te llega desde otro plano, que es sombra y luz, y escuchas dos lecturas que coinciden en la misma historia, y las dos dicen lo mismo, desde dentro y desde fuera, no hay contradicción. Ese hombre que al llegar la noche pide que el mañana sea igual es real, lo sientes, quieres unirte a él en la expresión alada del deseo y el contento que son uno: I wish tomorrow will be the same. Contagia la alegría que muchas veces hemos sabido perdida, tantas veces, encontrada y perdida y vuelta a encontrar. La guitarra, con su voz, ilumina el mensaje, gotas de lluvia y sol, pulso de vida.

New York City. Sus personajes. Vidas que no te resultan extrañas, que te recuerdan a otras. Vidas en versos que son vida. Explosión de música que parece viajar en taxis y trenes suburbanos. Las guitarras se adueñan de los huecos de la narración que la voz empuja sincopada, palabras que se frenan para subirse en la rítmica de los parches y en la vibración de las seis cuerdas para saltar a otra estrofa cruzando la ciudad. La canción celebra las vidas anónimas con nombres propios, todos tenemos un nombre, Pedro o Sheila, incluso el músico que puede hacerte llorar con una sola nota en una esquina de Brooklyn Heights. Voces luminosas te llevan hasta el amanecer.

The Fight. Una melodía perezosa recorre un paisaje amenazante, oscuro, y la voz profética se prolonga en un eco de sí misma, encuentra sus espejo en la de la mujer, en su sonido arcangélico, ángel dulcemente humano que abre la puerta que da paso a la realidad de la que no se puede escapar. Solo en las canciones escapas. Voices on the radio…, las sílabas se alargan, el misterio se sostiene en un débil hilo sobre el abismo. El bajo es la arritmia del corazón, la guitarra el látigo de lo real. El arcángel brilla en la tiniebla. La voz redondeada de Paul Zinnard, David Aldave detonando explosiones controladas. Julio Gómez, la calle, la pelea, lo que viene, paso a paso, resbalando en los teclados de Mauro Mietta. Someone. Patricia de Velasco, luz astral.

Would You Think of Me. Hay prisa en el inicio, música que quiere irse, urgencia en las palabras. Tú las escuchas, la guitarra las subraya, la canción es una pregunta en sí misma, encierra muchas preguntas sin respuesta. ¿Dónde está la respuesta?, no está en el viento, frenéticamente la busca una música que busca una salida que busca un final. Hay en mitad de la canción una tormenta que no llega a romper, y él, cansado tal vez de preguntas, se arroja en los brazos de ella. ¿Es un rebelde o un fraude? No sabes si ella lo sabe. Eliges no saberlo. En tus oídos resuenan peleas callejeras, el cartero que intenta defenderse del sinsentido, estaciones de bomberos ardiendo, la promesa de no decir nunca “te quiero”.

Lonely Woman. Se palpa la soledad, la que solo se llena con una visita los domingos por la tarde. Pero de repente, sin darte cuenta casi de que eso ha sucedido, tú también escuchas el disco, la canción a la que la mujer siempre vuelve, con las persianas bajadas. Estás en su habitación, en el piso de abajo, un acorde y una melodía colman el vacío y la mujer no está sola, nunca lo ha estado, porque su historia no es solo suya. La música trepa por los muros de antiguo silencio y cantas esa canción de amor que nunca fue, sentimientos escondidos, y entonces alguien desconecta el teclado, y es soledad lo único que queda.

Love And Riches. Un espacio en el que soñar, construido por cada uno de los músicos. Cada uno aporta intimidad desde la orilla de la canción. Un espacio en el que las palabras son olas, y las olas son coros, la realidad late en las cuerdas del bajo y las teclas son de arena blanca, y las guitarras espuma. Y hay lágrimas, una canción así solo puede estar hecha de lágrimas, aunque no sepas de quién son, aunque no sepas si son las tuyas. La luz del sol que entra por la ventana te regala sabiduría, puedes soñar mientras seas consciente del sueño. El mundo es extraño y mamá puede guardarse en los bolsillos los filetes si la nevera no enfría. Es irreal y no lo es.

Sunshine. La lluvia es el recuerdo de algo que no es bueno recordar. La lluvia es un verso dicho lentamente, susurrado, como los sonidos del alba en una ciudad que despierta, como el amor y el olvido, como el amor. Un solo de guitarra despierta al sol sobre el horizonte urbano, en el este, en Yokohama tal vez, y las voces de la canción son la voz de otro día nuevo, se pasean por ella dejando atrás la memoria de un tiempo en el que se podía ser demasiado joven y pagar el precio. La nostalgia en poco más de cuatro minutos y tres voces. La belleza.

The Queen of England Died. Has oído, has oído, has oído. Uno, dos, tres, cuatro, te dejas arrollar, la sección rítmica te pisa y no te puedes apartar, te abre las orejas, los ojos, te estampa contra lo que no puedes controlar. Hay demasiadas cosas en un mundo lleno de ruido, cada noticia es un riff en tu tiempo, una guitarra que no callará, una percusión que te mantiene en lo alto, una línea de bajo que es la droga que te encadena a los sucesos, porque sí, lo has oído en la radio, la Reina de Inglaterra ha muerto. Nadie te mentiría sobre eso.

I Remember When I Used to Love You. Brillos de diamante en las yemas de los dedos, notas cristalinas. La narrativa en el fraseo que enciende la canción. Un estribillo que es una invitación a cantarla, a participar de un sentimiento. Los coros son NUESTROS. Nos oímos a nosotros en la canción …all the time. La guitarra navega por el tiempo, nos deja a la espera del fin de la historia. Cada vez las pausas se dejan notar más, cargadas de significado entre cada verso. Y en el final los coros dejan de ser nuestros, es un coro griego que hace universal la canción y lo que expresa. Estaba allí desde siempre, donde las canciones duermen, y Zinnard la encontró.

Flowers And Wine. Fin del camino. La realidad obstinadamente juega con los sueños. La música corre como un tren a golpe de tambores. ¿Qué celebramos? Tiempos de flores y vino. Tiempos que fueron suyos, que vienen desde la lejanía con un hombre que cantaba en las calles de Nueva York. They were mine. Confesión en voz baja, tímida, que roza el dolor, que se hermana con la pesadumbre. Si lo ves de otra manera, la sombra no puede triunfar. La vida sigue. Escucha los coros elevando ese mismo verso a las alturas en las que el sueño continúa. Todas las imágenes diseminadas repentinamente se deshacen como viejos cromos. No está la buhardilla, ni el caballo de carreras, ni el barco de vela, ni la esplendorosa novia. Solo los perros que ladraban en la distancia son reales, se duermen cuando acaba el disco y la última canción salva tu alma.

                                                  Recomendado por Juan J. Vicedo

(Texto basado en las notas de carpeta del autor, incluidas en el disco.

Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


Paul Zinnard, principio y fin

 Juan J. Vicedo y José Pita estuvieron allí  

Empezó de día y terminó de noche, en el Fillmore Huertano

A GOOD THING THAT YOU KNOW
15 marzo, 2025

Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/DsKlUCjeXsc


SECOND MAN ON THE MOON
15 marzo, 2025

Si no puedes verlo pincha el enlace https://youtu.be/QxA8p0D7AGI

Chameleons

 PAUL ZINNARD. 2023.


Tres es el número sobre el que se construye el universo, el que determina el plano y la circunferencia, encierra en sí mismo el equilibrio y es la guía invisible a lo trascendente. Paul Zinnard anuncia con su nuevo disco, “Chameleons”, el cierre de la trilogía que inició con “Trance” y continuó con “Formula H”.

Mencionar en la música pop la existencia de una trilogía es volver la vista a la perfección en un corto lapso de tiempo, es recordar los discos mercuriales de Bob Dylan y la etapa berlinesa de David Bowie, dos ejemplos sin los que no es posible entender la música contemporánea. Decir de tu propia obra que contiene una trilogía es tratar con lo absoluto, estar cierto de que has dado ese paso al que la intuición te ha llevado. Para nosotros, los receptores de ese mundo personal, exige ser conscientes del regalo que recibimos.

Crees que ganaste pero has perdido. Con esos versos inapelables, demoledores, arranca el álbum, en un clima repetitivo, cerrado, y peligrosamente adictivo. Paul Zinnard crea adicción, siempre. Es “So Fine”, un estado personal que contradice el título, y desemboca con cadencia pesada, oscura, en “Singing”, armada sobre un bajo sombrío, melodías que abren cielos, y un piano luminoso. El fraseo con que canta Zinnard te dice la verdad, y el silbido que oyes es el del caminante. Buscar y no encontrar. Cuando piensas que tienes el azul perfecto te dicen que lo quieren rojo. No importa, estás en el camino, cantando. Y la canción se pierde a lo lejos.

Hay historias que pudieron ser y no fueron. “I Was the King” narra una de ellas, y la segunda voz es el misterioso contrapunto de lo real. El ritmo ahora es urgente. En “Freedom Is Fine” la música chispea, con Patricia DeVelasco y su guitarra sultana del swing, y el piano de Willie B. Planas, que aparece y desaparece en las dos caras de la luna en las que se convierte la canción. Como el amor, como la sangre. “I Give My Life” es la confesión del músico vulnerable, desnudo ante su público, al que se ofrece. Quiero tocaros a todos. Quiero entregaros mi vida. Podría ser Ziggy Stardust. Los primeros versos se mecen en un espacio de belleza serena, que ilustra la sorprendente capacidad de Paul Zinnard para acunarte sin que sientas más que levemente el dramatismo del mensaje. Pero está ahí. Como estaba en “Into Your Room”, que abría la trilogía. En “Straighter Road” estamos con él todavía en el camino, y la canción, con su brillo, nos transporta y nos deja en la orilla misma de la inmensidad, la que él o cualquiera de nosotros puede sentir caminando por la luna, metáfora de mundos interiores que los sabios y los críticos no alcanzan a comprender.

Posiblemente la soledad del universo suene así, con esos coros sutiles y esa distancia, con ese tempo. “I Used to Have My Way” nos saca de la escena lunar bailando, aunque sea para hablar de miedo y lágrimas, de promesas rotas. Es el Zinnard que te sacude la ceniza y te lleva de bares, con los amigos y la noche. Sabe cómo hacerte mover el cuerpo y el alma a la vez. “Everybody Passed Me By”, todo lo que pregunto es qué puedes darme. Sientes la voz de quien lo canta, la mano de quien lo ha escrito, jirones de piel en las palabras, y en la música ecos de otros que también te hablaron un día, el rubio de Florida, el chico de New Jersey. Nueve canciones. Falta una. “Beautiful Words” es Zinnard en estado puro, ascendiendo en círculos, dylaniana, eterna. Sha-la-la-la. Fin de la trilogía. El camaleón ha mostrado su piel verdadera, nos ha advertido el músico, el poeta. Ese camaleón, que responde al nombre de Carlos Oliver, nos ha dejado entrar en su mundo y en él hemos encontrado mensajes en botellas que tal vez no sepamos leer, pero es imposible ser inmune a su música sublime.

CHAMELEONS. Estudio Uno Records. 2023. Paul Zinnard: Voz, guitarra acústica y bajo. Patricia DeVelasco: guitarra eléctrica y coros. Willie B. Planas: piano y órgano Hammond. Christian Chiloe: batería.

Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes ver el video, pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=hRMh624wV4o


Formula H

 PAUL ZINNARD. 2022.

Dice Carlos Oliver, la persona detrás del alias que es Paul Zinnard, que a veces un músico cree haber encontrado la fórmula, la piedra filosofal, y con ella crea un disco, del que descontento no tardará en renegar, y al que seguirá una nueva fórmula, esta definitiva, y un nuevo disco. Y así una y otra vez. Formula H, visto de ese modo, es el octavo intento, la octava letra del abecedario. Pero en realidad nada ha cambiado en lo esencial, solo los matices son distintos, del mismo modo que cada puesta de sol es diferente pero en todas ellas el sol se pone por el Oeste. Paul Zinnard, y esto es lo que importa, con su “Formula H” nos entrega una vez más un disco imprescindible, sobre el que no hay necesidad de discutir ni argumentar, una colección de canciones impecable que entra en tu casa para quedarse. Canciones que se refrescan en el piano y vibran con la guitarra como la cuerda de un arco en el instante en que dispara la flecha, melodías luminosas sobre las que frasea la voz de Zinnard, una voz que se mueve en “What is wrong with you Young man” como el dedo en la arena de la playa. Es un disco vital, en el que el motor está en marcha y la música rueda por la carretera desde el primer compás de “Everything was on fire”, mirada a un tiempo en que lo mejor estaba llegando, en el que el rock reemplazaba al jazz y libertad y guerra eran conceptos confusos, un tiempo que tal vez ya nunca vuelva, metáfora de vivencias, territorio en el que hay sitio para historias personales (“There was a time when I was your man”, canta). Carlos Oliver es un narrador que alimenta sus canciones de personajes que hablan en primera persona, en los que -como un día dijo Dylan- está él pero no son él. Nos cuenta historias eternas y repetidas, las del amor y el desamor, la pérdida y el recuerdo, la melancolía y la esperanza, la búsqueda de un lugar en el mundo, momentos de introspección que son reales cuando nacen de su voz, una voz que te deja el gusto de la pimienta en un bloody mary, y que se hermana de improviso con coros como los de “Someone like me”, desdoblamiento de puntos de vista que realmente son uno porque las dos voces dicen lo mismo: “because you might love / someone like me”. Es “Formula H” un disco que nos llega cuando todo en nuestras vidas ha cambiado en solo dos años y no acertamos a definir el tiempo en el que vivimos, y sin embargo Paul Zinnard suena si cabe un punto más fresco, con un colorido pop más perceptible, capaz de hacernos volar como él vuela cantando “You make me wanna fly”, un single rotundo, en el que la verdad se expresa inapelable: “when I look in your eyes / I get music in my ears”. “Formula H” es también un disco que, a la vez que pisa el acelerador, deja espacio a la diversidad de emociones y de estados de ánimo, en el que hay lugar para la pausa de “Smoke” y para constatar en “The Burning Land” que no hay carreteras en la tierra quemada, una canción que recorre ese viejo camino de ida y vuelta entre Dylan y Knopfler en el que Zinnard se adentra. Es un disco en el que la realidad parece imponerse al final, en el sonido más oscuro de “Bumps on the Avenue”, una letra magistral con advertencias de resonancias casi bíblicas que puedes hacer tuyas si quieres: “you better look out for the man / with a nugget in his hand … you better look out for the girl / with the money in her shoe”.

 Recomendado por Juan J. Vicedo

(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


Si no puedes ver el video pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=nCjZfZ8u_q4

Trance

 PAUL ZINNARD. 2021.

Las canciones de Paul Zinnard tienen el color de la cerveza que te tomas en tu pub favorito, son la espuma que se te queda en los labios en cada sorbo, la oscuridad del rincón donde te sientas ajeno a los relojes. Son canciones que se alimentan de atardeceres y de noches y te acompañan en el recuerdo cuando vuelve a amanecer. Son hipnóticas. Siempre lo han sido. Hace años que en una grieta de un sueño veo a John y a Claire, me muevo en círculos sin llegar a despertarme y todavía sigo allí cuando ya es de día. Pero esa, “John and Claire”, es una canción vieja, del disco “Clean-Cut and Rude”, de 2014. Ahora hay un nuevo disco que gira y gira en mi mente, “Trance”, y los primeros cuatro minutos me atraparon hace ya una semana, y sé que no podré escapar. El piano que te golpea suavemente, infatigable, repetitivo, el compás de la batería que te ata a la canción, la voz inconfundible de Zinnard / Carlos Oliver que te seduce paseando su fraseo por la historia, esa historia en la que el sol se pone en cada estrofa. Cuatro minutos. Escucho una vez más que no hay camino de vuelta a casa y la canción termina. Es poco, tengo espuma en los labios, quiero beber otro sorbo de música. Entonces, tras el silencio, como si Zinnard y la banda entera hubieran adivinado mi orfandad, “Into Your Room” resurge del lugar donde no existe el olvido. Dos minutos y medio más de misericordia, de senderos con texturas jazzísticas, de voces que son ecos y finales que son eternidad. Y la rendición a los pies de la canción, el abandono sin condiciones, venga lo que venga. Lo que viene es “I Was A Boy”, que te arrastra en el interior del mismo remolino, y “I Wish I Could’ve Loved You More”, un océano de aparente calma en el que se ocultan coros que salpican el estribillo y te llevan a la juguetona insatisfacción de “Satisfaction”, al abismo de otro tiempo que regresa en “Some Kind of Secret Love”, una canción que suena como si la hubiéramos rescatado de los tiempos en que Jagger no tenía arrugas, Dylan hacía piruetas sobre un tripi y The Band estaban secando la tinta de su cancionero. Y un intervalo, un vacío en el alma: “My Son”, con su aire de triste balada, y ese verso a la vez tópico y hermoso (“with a suitcase in their hands”) te hace asomarte a la ventana de una soledad que no es la tuya. Podía acabar ahí el disco pero hay más, y sin embargo ¿para qué hablar, qué más pueden aportar las palabras? Si intento evocar la desnuda autenticidad de “Now I Know” y el sol que resplandece en el tránsito a cada estrofa, si quiero describir la emoción que anida en el regreso a la infancia que es “Underneath The Sun”, ¿realmente hace falta? Es mejor que no te quite más tiempo, que escuches “Trance”, que entres en todas esas canciones, y en “Lovers Go Mad” y “Upside Down”. Tal vez te descubras visitando lugares parecidos a los que a mí me ha revelado, o tal vez no. Déjate hipnotizar.

Recomendado por Juan J. Vicedo
(Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)

Si no puedes escuchar, pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=W8r8yFHLSZM