Manifestación

PIGMY. 2020.

Yo no debería estar escribiendo sobre este disco, porque solo hace una semana que llegó a mi casa, y solo lo he escuchado tres veces. "Manifestación" no es una obra que se lleve bien con la inmediatez, con las prisas. No solo porque se le debe un respeto al tiempo que su autor empleó en ella, seis años, sino porque además su música nos viene desde muy lejos, una lejanía que se mide en siglos, si es que se puede medir. Vicente Maciá, Pigmy, ha enlazado pasado y presente con la habilidad de quien es capaz de ver la unidad de las cosas o de encontrar el universo en lo que el llama su desordenado desván. Escuchar este disco es viajar al infinito, y, como él canta en "Almendros en flor", exprimir la gota oculta en la roca. Si Pigmy te lo dice ves de pronto que cosas que no conocías existen o son posibles. Puedes saborear el calor, escuchar el latido de un grano de arena, o lo que sea que te proponga, en un tiempo sonoro y sensorial que funde la música renacentista y los trovadores con las melodías de los chicos que en los años sesenta ponían flores en su pelo y humo de marihuana en sus pulmones.

Empieza el disco en la Alta Edad Media y en latín, dos minutos de recogimiento espiritual, que llevan a las puertas de "Almendros en flor" y la música antigua que te arrulla crea sin embargo el espacio suficiente para que los sonidos del rock progresivo busquen abrazarla. Los caminos no tienen fin, y en un nuevo giro, "Manifestación", la canción que da título al álbum, es pop renacentista hasta que de repente aterriza en el siglo XX, en el reino de la electricidad y la batería, territorio efímero que clausuran la trompeta y el sitar. Miras a tu lado por si George Harrison está contigo escuchándolo, pero no hay nadie. El disco está sembrado de huellas que el viento revela en tu mente antes de borrarlas. Hay vislumbres de psicodelia y pantalones de campana en "Incienso y bengala", y "Lo sagrado en lo profano" invoca sutilmente olvidadas veredas de jazz-rock y la edad más sugerente del prog rock, cuando todo era fresco como la hierba al amanecer. Son sombras del pasado, tan lejanas como los monjes benedictinos que cantaban himnos a San Juan. No hay nadie más, es Pigmy, idéntico a si mismo. "Me muevo y permanezco quieto, siempre estuve aquí", ha escrito en uno de sus versos.

El fraseo, tan difícil cuando se canta en español, es un arma escondida con la que Pigmy encaja los versos de "Ana", una ensoñación musical que conduce a algún lugar remoto de la conciencia. La escritura de las canciones encierra prodigios ("sobre un cielo de asfalto he volado hacia ti", canta en "El hombre menguante", invirtiendo todas las reglas lógicas de nuestro mundo, y la magia de lo inexplicable moldea los versos de "Incienso y bengala" que dicen "arden las brujas que mecen la cuna / de un niño que nunca existió"). En "Mi canción" la profundidad filosófica y lo cotidiano acaban siendo la misma cosa, lados intercambiables de un mundo personalísimo: "Un ratón se pregunta por qué / está en el origen el fin / Mi madre cogiendo retama en las vías / llenaba de vida el salón". Texto y música, las dobles voces, la dulce cadencia, la presencia del bajo, el final etéreo, todo hace de esta canción una invitación a la quietud y a la paz. 

"Septiembre", la pieza final del disco, condensa en su melodía todo lo que la música puede aportar a la tarea de mirar la vida con los ojos de la inocencia, el nuevo curso con la ilusión de todo lo que es nuevo. "Manifestación" se venderá poco y se escuchará mucho. No es una obra de mayorías, ni siquiera de minorías. Es media hora de música que conecta individualmente, en secreto y a media luz con el corazón de unos pocos elegidos. Es, sencillamente, inmortal.

Recomendado por Juan J. Vicedo

 (Reseña publicada originalmente en Dirty Rock Magazine)


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Do it yourself


IAN DURY & THE BLOCKHEADS. 1979.

En 1979 la expresión "Do it yourself" había pasado del bricolage a la música por la vía del punk. La portada del disco de Ian Dury remite más a lo primero que a lo segundo, así que no hay engaño. Se ve de qué va desde el primer minuto, en el que una producción vistosa y elegante hace que "Inbetweenies" suene como lo que es, una maravilla, con The Blockheads sonando como un combo de jazz en un hotel de cinco estrellas. Una introducción brillante que desemboca en "Quiet", donde Dury, que parece un cruce borracho entre Lou Reed y Gary Glitter, firma una pieza de cabaret pop por la que Bowie habría asesinado quince años antes. "Don't ask me", en la misma línea, con giros melódicos que te desarman, y "Skin My Boats", que se lanza a fondo a canallizar el pop, preparan el final del primer lado del disco, una impagable "Waiting for your taxi", canción en la que puedes sentir la ciudad y ese taxi que nunca llega, y en la que los falsos finales llevan el mensaje al límite de la identificación con el oyente.

La segunda cara ahonda en la tarea de bricolaje y junta las piezas con un alarde de invisible tornillería. Desde la fantástica sencillez con aroma a new wave de "This is what we find", enlazada con "Uneasy Sunny Day Hotsy Day" para que muevas los pies,  "Mischief", que tiene hechuras de pub y cerveza,  hasta "Dance of the screamers", soberbio crisol de baile, experimentación y gamberrismo, y la despedida, el ska suburbano de "Lullaby for Francies", nada falla y cuando la aguja llega al final tienes la sensación de que el mueble que se ha montado Dury con los Blockheads no pasará nunca de moda.

Recomendado por Juan J. Vicedo

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Bailes de verano

LOS RADIADORES. 2020.

Estás esperando en el semáforo y cuando se pone rojo se detiene un coche y una descarga de rock sale por la ventanilla medio bajada. No cruzas. Por una sola vez no es regguetón ni trap lo que llega a tus oídos. Quieres escucharlo más. No son los Ramones porque cantan en español: "la luna se estampó contra el retrovisor" es lo primero que oyes, y piensas que ese es un comienzo que hace tiempo que nadie escribe para una canción. Sonríes al tipo que va dentro mientras mueves la cabeza, él te hace un gesto de complicidad, la luz cambia al verde y sale zumbando. Todavía alcanzas a escuchar un estribillo a dos voces que te pone en movimiento hacia ninguna parte: "Apagaremos todas las luces de la ciudad / y haremos el amor". No lo sabes, pero es "Luna Roja", que abre lo último de Los Radiadores.

El disco, de transparente vinilo violeta, se llama "Bailes de verano" y en realidad es como si fuera un EP con una buena ración de extras. La cara A son las canciones nuevas, y el lado B dos remezclas de viejas canciones y tres versiones en vivo. Unas y otras son para bailar, pero supongo que con la falsa historia del hombre del semáforo ya he dejado claro que no es un baile para hipsters, esto es punk-rock de la vieja escuela, y el pogo ha llegado a tu casa. Raúl Tamarit, "El Joven", Sergio Domingo y Vicente "Metralla", cuarteto valenciano que celebra con este disco diez años de supervivencia, saben lo que hacen y lo hacen de lujo, con invitados que ponen un punto de salvaje exquisitez. Ahí está Pat Escoin, a la que le da igual ciento que mil, en los coros de "Luna Roja", y el veterano José Manuel Casañ, de Seguridad Social, referente de la escena valenciana desde hace décadas, es la voz principal en "El gran premio final", un reggae sucio y potente.

Edición limitada de 300 copias, ese tipo de ediciones que años después lamentas no haber comprado.

Recomendado por Juan J. Vicedo

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Metonymy of sound

JOHNNY B. ZERO. 2020.

En estos tiempos en que las novedades musicales consisten muy mayoritariamente en la repetición de fórmulas, en que la búsqueda no es un objetivo y la creatividad es una palabra que está en el diccionario, se agradece que Juanma Pastor y su banda ofrezcan cosas como este "Metonymy of sound", un disco que ya en el título parece indicar que esto merece atención. Hay que tener muchas cosas en la cabeza para alumbrar esta mezcla de estilos, emociones y ritmos, pero no es solo eso, aquí hay una banda sólida en la comunión con ese planteamiento audaz, unos músicos excelentes: Julio Fuertes a los teclados, Pablo Pérez a los vientos, sean eléctricos o no, y Ben Wirjosemito, en la batería. Juntos dan forma a esta propuesta metonímica y si quieres puedes zambullirte en ella y experimentar el cosmos que hay tras la pared de tu cuarto. 

Una vez escribí que Johnny B. Zero son portadores de un cromosoma perdido sin el que su música no se explica. Es la metonimia de sonido con la que han destilado esta obra que te agitará en el metro cuadrado de suelo en el que estés. Si no lo crees pon el volumen alto en tu equipo y dale al play, los dos primeros minutos te harán olvidar que se te olvidó cogerte una cerveza. Cuando llegues a la octava pista, "Broken nature love" y te des un descanso, habrás pasado por la batidora implacable de "It's so hard", por el espacio laberíntico de "Family", por los mundos de fantasía que hay en la música de "Love is alive", por los juegos de espejos en que los sonidos de Johnny B. Zero se reflejan como pulsos de luz con todos los colores del espectro. Todo terminará con el lamento exquisito de "Horror Song" (...no, it's not good to be alone...) y tendrás que volver al principio. Al fin y al cabo solo es media hora, y tienes todo el tiempo del mundo. 

Recomendado por Juan J. Vicedo

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Files of life

JUNIOR MACKENZIE. 2017.

Este disco es como ese foulard que te anudas al cuello y hace que te sientas a gusto. "Files of life" es folk, dicen, o folk rock, o americana, creo. Aunque a veces sus notas coloreadas te envuelven como jirones de jazz y otras veces te adentran en ensenadas de sueños. Sea lo que sea, es una maravilla. Juan Fortea, que es el artífice de todo esto, un día rompió su guitarra en mal momento y tuvo que pedir prestada una de las suyas a Richard Hawley, que andaba por allí. Cuando te lo cuenta le brillan los ojos. Ahí es nada, Hawley. Y escuchando este disco te da por pensar que, por mucha música que llevase Fortea en sus venas, algo del gigante de Sheffield se quedó con él mientras pulsaba las cuerdas de la guitarra prestada, como quien toca el manto de la Virgen o la frente del Buda. Estoy divagando, lo sé, pero no puedo evitarlo mientras escucho "Sleepwalker", una delicia que brota de campos de fresas.

"Files of Life" crece cada vez que lo pones en tu tocadiscos y recorres hipnotizado sus caminos, que te pueden llevar a viejas estampas de lugares donde el bluegrass y el bourbon son la religión, pero cuando te das cuenta estás a la orilla del mar y el sol está saliendo de nuevo. La voz de Juan Fortea es como un alambre que se tensa y también como un sorbo de limonada, y entra y sale de las melodías como quiere y cuando quiere, se funde con las voces femeninas que recorren el disco, luz y sombra de gargantas que expresan todo lo que quieras pedir a la vida en una tarde de otoño como esta. O en una noche de verano. O en los luminosos días del invierno. O en cualquier amanecer de primavera. Junior Mackenzie, con este disco impagable, nos regaló música para todas las estaciones del año.

Recomendado por Juan J. Vicedo

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The Annunciation

DEAD BRONCO. 2019.


Matt Horan es Dead Bronco. Él decide cómo ha de ser en cada momento y quiénes lo componen. "The Annunciation", con su portada tenebrosa, es un látigo que se alza, queda suspendido en el aire unos compases y restalla con furia, y en media hora deja diez canciones y un instrumental. Es un disco que arranca en su escucha sensaciones pantanosas, que enfrenta los sonidos de la América profunda con el alarido visceral que se escucha por igual en los suburbios y en las granjas. El cuarteto que lo grabó empuja el disco por precipicios verticales de sonido: acompañan a Horan los tambores incansables de David Rodríguez, la guitarra metalera de Alex Atienza y el bajo neogótico de Mud. Allí se encuentran con letras que Horan ha sembrado de referencias religiosas y desesperación, y todo junto, música y palabras, te arrastra sin pausa por una secuencia que, desde "Church of the endless road" a "The Annunciation", toma las raíces hillbillies y las estampa contra un muro de black metal en el que Dios y el Diablo se miran cara a cara. 

Pasen y bailen, beban de un trago largo estas canciones urgentes que se parecen a salmos vomitados por un pecador agarrado a su botella, sientan la soledad y la hondura de esa pieza de belleza desnuda y oscura que es "That Devil". Hace solo tres años Matt Horan decía que el country es el punk de los viejos y nos regalaba su personal cruce de músicas. Ahora nos avisa que esto que ha concebido es "black folk". Amén, amén, aleluya.

Recomendado por Juan J. Vicedo

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Tornado

BADLANDS. 2019.

Badlands vienen de Valencia, esa tierra que alumbra tanta buena música que casi nadie conoce en el resto de España. Hay que aclararlo porque si no tienes en tus manos la carpeta de "Tornado" y no ves que la mayoría de los nombres son españoles, lo fácil sería pensar que vienen de Nashville. Al menos eso pienso yo, que he estado en Valencia muchas veces y ni una sola en la ciudad de Tennessee. Este disco de 2019 no es el primero y siguen empeñados en ese propósito que mucho me temo no les va a reportar dividendos pero sí mucha diversión, y también a nosotros.

"Tornado" es un disco trabajado, que suena maravillosamente, y que rebosa frescura. "Middle of the road", con su inicio a capella ya te sitúa, no hay equívocos, esto es lo que es. Y lo que es es una fiesta, en la que abundan ejemplos de cómo levantar a la gente de su silla o de su letargo. Ahí están "See me around", "Call me fire" (con esa avasalladora armónica que pone en marcha un final de canción que parece un tren de mercancías a toda máquina), y "Weak men cherish (Oh Lord)", una hogaza de pan hecho con masa madre para mojar bien la salsa. No solo ellas, ni "Fortune Teller" es lo que parece cuando empieza, ni lo es "In the end", que te engaña pretendiendo ser una cancioncilla y es una canción.

Mención aparte para "Tornado" y "Jaulas vacías", por la osadía de estar escritas y cantadas en español, cosa muy meritoria y difícil, y que suenan como espléndidas baladas para escuchar bajo las estrellas,  aunque la voz de May Ibáñez puede traer el alba en cualquier momento. Pero de todo el disco, me quedo con "The great unknown", discretamente encajada en la segunda posición de la secuencia. ¿Por qué? Porque me causa la misma sensación que cuando en la cima de un monte sientes la brisa y ves a tus pies los campos y en la lejanía el mar.

Recomendado por Juan J. Vicedo


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Just Covers

BABY SCREAM. 2020.

Baby Scream ya no existirá más, Juan Pablo Mazzola ha liquidado el proyecto justo después de sacar este disco de versiones que solo se puede adquirir bajo demanda pidiéndolo al Reino Unido. Quizá porque son canciones en inglés, aquí ya no interesan. Vengo observando con preocupación que buenas bandas de esta tierra con una brillante colección de canciones en inglés se vienen pasando a la lengua española y no siempre aciertan. El mercado manda, que si no todo son pérdidas, y el mercado español es muy localista y muy cateto. El hipster-pop, ese modelo a seguir que arrasa entre el público mayoritario de muchos festivales, está haciendo un daño difícil de reparar y ya durante demasiado tiempo. Porque cantar pop-rock en español no es fácil y el do it yourself que resultaba gracioso con el punk no tiene maldita la gracia cuando sirve de coartada a la muchachada lánguida y sus autoterapias.

Mazzola, afortunadamente, lo hace bien en los dos idiomas y seguro que si se lo propusiera lo haría también en italiano, que para eso su familia es de Catania. Pero hablemos de este disco, this last one, un proyecto muy personal, como necesariamente lo son todos los discos de versiones. En él aborda canciones queridas, con un amplio espectro que se mueve de The Psychedelic Furs a Culture Club o Aaron Neville, mire usted si es amplio. El tratamiento es sorprendente y agradecido de escuchar, un envoltorio onírico deudor del ambient y el dream en el que las melodías se alojan perezosas y la voz de Mazzola parece caminar sobre la arena de la playa, sin perder del todo esa impronta lennoniana tan característica suya.

Un disco que sirve para revisitar a su manera a Johnny Rivers o, ¡cielos! a la banda trash brasileña Sepultura. Un disco que arranca significativamente con "I wanna be famous", de Samantha 7 (¿quiénes son?) y se cierra con "Time after Time" de Cindy Lauper. Pues eso, lo que dice ella, una maleta llena de recuerdos. Good Bye, Baby Scream, nos seguimos viendo, Sr. Mazzola.

Recomendado por Juan J. Vicedo

TIme after Time. Demo acústica.

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Junior Mackenzie en la Sala Euterpe

Juan J. Vicedo estuvo allí

A place called Nowhere
 Sala Euterpe, San Juan de Alicante, 24.01.2020

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Feed the mosquito
 Sala Euterpe, San Juan de Alicante, 24.01.2020

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Heroine

THE WILD POPPIES. 1987.

Escuchar en el año 2020 este disco es regresar a un tiempo que no volverá. Ningún tiempo pasado lo hace, eso es cierto, pero en los surcos de este disco hay cenizas de ingenuidad que el viento del milenio sopló para siempre. Escuchando el primer y único larga duración de los neozelandeses te das cuenta de que nada así tiene cabida en el mundo que habitamos tres décadas después. Por esa razón la reedición de este disco rarísimo y cotizado es una buena oportunidad para hacerse con él y tenerlo en las manos, tocar la copia de un pasado que fue real. Spotify y Youtube son nuestros amigos, pero no se pueden coger con los dedos.

"Heroine", un título casi obligado para una banda que responde al nombre de las amapolas salvajes, es jangle pop en estado puro, guitarras vitales y a ratos desmelenadas, melodías felices, ritmos profundos que rozan la tangente de la música industrial en "Walkabout" y salpican espuma en "Colourdrift", pulsos hipnóticos en "Canon over the grey sea". Momentos, como "Here nor there", encierran tanta autenticidad en su sencillez y tanto destilado musical en poco más de tres minutos, que parece que te hayan acompañado siempre aunque no sea verdad. 

La reedición se completa con un segundo disco que recopila el single "Where is Wellington? / Stare at the sun", tres temas inéditos y el EP  que grabaron ya en las islas británicas, "Out of time". Un añadido con piezas deslumbrantes como "Out of mind" y "The kiwi song", donde la veta psicodélica que ya se había dejado ver se entrecruza con la onda shoegaze que rompía en aquellos años contra las paredes del rock. Después de tres años residiendo en Oxford y dando conciertos por toda la isla desparecieron un día y esto es lo único que nos queda.

Recomendado por Juan J. Vicedo

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