CARMEL. 1986.
Carmel McCourt tiene una de las voces más personales que he oído en mi vida, cosa que seguramente puedo decir de al menos otros dos centenares de cantantes. O sea que es única, como las otras doscientas lo son también, cada una a su manera. Carmel tiene una voz entre eléctrica, metálica, cristalina, dulcemente oscura, burbujeante, y varias cosas más, y me gustaría hallar un adjetivo tan certero como aquel "mercurial" que Dylan se sacó de la chistera un día para definir su sonido. Pero lo mejor es escucharla, más que intentar definirla.
"The Falling" es el disco que me enganchó a ella, y la pegatina sin nombre (lo que evidencia que lo compré en discos UFO) dice que me costó 1.399 pesetas. Bien pagadas. En aquella época de revivalismo en las islas británicas, en la que el pop recuperaba las esencias del jazz, el soul y el blues, esta chica de Manchester y sus dos colegas Jim Paris (bajo) y Gery Darby (batería), le dieron una robustez que usualmente escaseaba en otras propuestas más sedosas como la que abanderaba Sade.
"The Falling", su segundo álbum, es una obra maestra que encadena momentos en que la música te mece con otros en los que te arrastra, en los que por encima de unos arreglos perfectos, de unas percusiones brillantes, de unos metales que entran cuando se necesita y se van sin dejar rastro, la voz de Carmel pinta los nueve cortes con todas las texturas, todos los colores. ¿Una canción con la que quedarse? Todas. A los franceses les volvió locos "Sally".
Recomendado por Juan J. Vicedo
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