Crónica de una noche en un puente sobre aguas apacibles

José Pita y Juan J. Vicedo estuvimos allí

En la memoria colectiva figura Paul Simon como la mitad de aquel dúo, very polite and so cute, que diría un americano de New Jersey, al que todas las madres de la época, un poco preocupadas por el porvenir de sus hijas, hubieran querido tener como perfectos yernos. Pero a los que los jóvenes, más o menos preocupados por los fenómenos roqueros en alza, nos irritaba en nuestra apariencia de outsiders de escaparate. La realidad es que todos los sábados por la noche, después del guateque de turno nos íbamos a casa tarareando, a escondidas, la melodía de Bridge over troubled water o de Feeling groovie, o de America o de Sounds of silence o de cualquier otra canción de Simón and Garfunkel ante las que teníamos que claudicar por la más inteligente y sincera vehemencia de las chicas del grupo.
Luego descubrimos que Simon and Garfunkel colocaron tres álbumes entre los 500 Gratest Albums of All Time, según la revista Rolling Stone. (Bookends; Parsley, sage, rosmery and thyme, y Bridge over troubled water). Esos chicos de New Jersey que llegaron a la música emulando a los idolatrados Everly Brothers con su nombre de Tom and Jerry, y que en su primer disco como Simon and Garfunkel hiceron una versión de The times they are a changing, hicieron entre 1964 y 1970 un auténtico aluvión de grandes canciones que se han convertido en autenticos estándars de la música moderna.
Paul Simon no era la mitad de Tom and Jerry ni de Simon and Garfunkel. Probablemente lo fuera todo. Compositor de todas las canciones, alguna excepción hay, productor y arreglista e incluso la voz, más personal y menos forzada que la de Art Garfunkel. La separación del dúo no trajo el fin del mundo musical, sino que lanzó al estrellato a un artista pleno que, siguiendo con Rolling Stone, colocó dos álbumes entre los mejores 500 de la historia. ( Theres goes rhymin’Simon, y, por supuesto, Graceland) y que le ha convertido en ganador de varios Grammy y miembro del Rock and Roll Hall of fame. 
Simon no ha sido un song writer al uso sino que ha navegado e investigado en las otras músicas y eso es lo que le ha convertido en diferente. Graceland fue toda una revolución al introducir los ritmos de la Sud Africa del apartheid y descubrir a músicos de la talla de Ladysmith Black Mambazo y probablemente abrir la vía de la música étnica a Peter Gabriel y Real Wolrd, a David Byrne, etc. Pero continuó con los ritmos brasileros en The Rhythm of the saints y con los ritmos puertoriqueños en Songs from the capeman. 
Y su inquietud continúa y en su disco último introduce un instrumento de origen hindú llamado twangy que da comienzo a su single The werewolf, y en donde mezcla ritmos que beben en las fuentes del flamenco, del dance, de la samba. 
Con estas premisas acudimos el pasado día 18 de noviembre al Pabellón Barclaycard center de Madrid en donde, después de veinticinco años, Paul Simón aterrizaba con su gira Stranger to Stranger, nombre de su álbum aparecido el pasado mes de mayo. Más de nueve mil personas esperábamos tranquilos y educadamente la aparición de este hombre de 75 años. A las 20,15 horas apareció la banda compuesta por nueve músicos que llenaron el escenario y en el que llamaba la atención la batería y la sección de percusión y todo ello sobre un espacio sin más adorno que unos cubos formando una escalera piramidal que cambiaban de color según el ritmo de la canción.
La obertura instrumental fue Gumboots que dio paso a la aparición de una figura diminuta con traje gris oscuro y camiseta negra, con su guitarra acústica colgada, que comenzó a rasguear para dar paso a The Boy in the bubble. Hasta 7 canciones de Graceland interpretó Paul Simon. Luego siguieron 4 canciones de The Rrhym of the Saints, 3 de Paul Simon, 3 de Stranger to stranger, 2 de So beautiful or so what, 2 de Still crazy after all these years, 1 de One trick pony y 1 de There goes  rhymin’Simon. No faltaron 6 canciones de Simon and Garfunkel. 
La banda contaba con la percusión indicada, una sección de metales con dos saxos, bajo, dos guitarras, un acordeonista y un pianista, y se notaba la perfecta compenetración, ya que no hubo momentos de gloria para ninguno pero todos fueron protagonistas al conseguir un sonido claro y contenido sin que en ningún momento hubiera estridencias que turbaran el ambiente de intimidad creado. El primer momento mágico de la noche fue cuando Simón cantó América en una versión más íntima y menos grandilocuente que la de Bookends, pero que nos puso los pelos de punta porque después de tantos años todos, quizás pensemos que seguimos buscando América o, quizá, la Arcadia. 
El concierto fue placentero, educado y hasta Paul invitó a los asistentes a invadir pacíficamente los pasillos de acceso al escenario para bailar, siempre con el permiso de los de seguridad que sentados impertérritos impedían la aproximación al escenario. Algunos, tímidamente, se animaron a bailar y en los graderíos se veían algunos cuerpos en pie danzando al ritmo de Mother and child reunión. Otro gran momento fue la interpretación de Stranger to Stranger. El escenario se difuminó con una tenue luz violeta que irradiaban los cubos y que creó un espacio de intimidad que fue llenado por la danza de un bailarín flamenco y un intérprete del cajón que acompañó la magnífica dicción de este pequeño poema que convierte a dos amantes en extraños aunque la melodía y los recuerdos les hable de amor. El ambiente se fue caldeando y la interpretación The werewolf fue el pistoletazo de salida para que se perdieran las formas y el público se animara a inundar todos los pasillos y el frente del escenario. En las gradas ya nadie permanecía sentado y todos bailábamos, incluso los ritmos tribales de Diamonds on the soles of her shoes. Ya nadie se sentó hasta el final y pese a los conatos de finalización del concierto todo el público estuvo desmelanado como si las buenas maneras del colegio victoriano se hubieran perdido. Hasta cuatro veces se terminó el concierto con gran disgusto general. Y hasta cuatro veces salió Paul Simón y su banda al escenario, cada vez más engrandecidos ante un público que se rompía las manos de tanto aplaudir. En la tercera reentré, Simon interpretó The sound of silence, solo con su guitarra y con un coro de más de nueve mil personas que rejuvenecieron y volvieron hasta los años 70 e, incluso, hubo quien pensó que podía sonar Mrs Robinson, canción que no ha interpretado nunca en directo. 
Pero no. La guinda del concierto, fue la última canción, con la que se despidió, tras dos horas y media de actuación. Bridge over troubled water desató la pasión de los circunstantes y nos llenó de inmensa felicidad por poder cantar a pulmón abierto sus magnificas estrofas, mientras el piano nos marcaba: when darknes comes, and pain is a ll around, like a bridge over troubled water. La luz se encendió y el concierto terminó y los más de nueve mil asistentes, abandonábamos lentamente el recinto tarareando los versos de esta canción que, después de tantos años, seguía produciendo el mismo cosquilleo como en nuestros años mozos en aquellos guateques en que ahogábamos nuestros más profundos anhelos. 

PD. En letra más pequeña hago una reflexión acerca de por qué el Sr. Simon no quiso que funcionaran las pantallas en las que hubiéramos podido ver con detalle todos los momentos mágicos del concierto, ya que en los tiempos que corren en que los medios audiovisuales han llenado nuestras vidas no tiene sentido que en estos grandes espacios no se utilice la tecnología a la que ya nos hemos
acostumbrado. Es una queja en pequeño porque no oculta lo verdaderamente importante que fue la música.

Crónica de José Pita y videos de Juan J. Vicedo

EL PRIMER FINAL DEL CONCIERTO
(faltan las últimas notas, imposible seguir grabando con tanta gente bailando a tu alrededor)
Si no puedes ver el video pincha el enlace https://www.youtube.com/watch?v=bLGPVbcr1zo

EL SEGUNDO FINAL DEL CONCIERTO

EL TERCER FINAL DEL CONCIERTO

Y EL FINAL DE LOS FINALES

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